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27 jul. 2009

AMOR ADOLESCENTE


Con la carita encendida
Y los ojos entornados
Queda la niña esperando
Las caricias de su amado
Bajo la pícara luna
Que sonríe con ternura
A los dos enamorados

Con su manto de misterio
La noche se contonea
Y allá junto a las estrellas
De la niña los suspiros
Flotando en el aire quedan

Sin saber nada de amores
La niña de amor suspira
Ayer jugaba entre flores
Y hoy sus ojos ya miran
Otra luz en los albores

Luce resplandeciente
La sonrisa de sus labios
Que temerosos anhelan
El contacto de otros labios
Y una incipiente pasión
Va naciendo lentamente
Llevando hasta el corazón
El deseo arrollador
De su cuerpo adolescente

Con la carita encendida
Y los ojos entornados
Turbada la niña tiembla
En los brazos de su amado

13 jul. 2009

MI ABUELA - SIEMPRE EN MI CORAZÓN


Parece que la estoy viendo, con su pañuelo negro cubriendo parte de una gran mata de cabello blanco como la nieve, su bata de percal a topos negros y blancos y un brillante delantal igualmente negro, caminando con paso rápido por una larga y algo pendiente carretera, tirando de una especie de patinete cuadrado, llamado “goitibera” sobre el que iba un cesto repleto de verduras y frutas, que todos los días recogía de una huerta de su propiedad, cercana a la casa y que ella sola se encargaba de cuidar.Tendría por aquel entonces no más de 60 años, pero aparentaba muchos más, aunque solo externamente, pues tenía la fuerza y la vitalidad de una mujer más joven. Había parido 11 hijos, de los que uno había muerto a la edad de 2 años y el resto se habían criados sanos y rollizos, a pesar de la penuria en que habían vivido.
Su marido, mi abuelo, zapatero remendón, se encargaba, además de a su oficio, de llevar las vacas que tenían a pastar y de segar la hierba, alimento para éstas en la época de invierno cuando no podían salir al campo. El cuidado de los hijos, como de la casa y la huerta, era todo a cargo de mi abuela, que además siempre estaba ocupada haciendo unas veces mermelada, con la fruta que recogían, y otras una especie de pan llamado “talo” que hacía con harina de maíz que previamente había molido. Con todo eso, mas el dinero del arreglo del calzado y de la leche que vendían, la huerta, los árboles frutales, algunas gallinas y un cerdo que solían matar todos los años, iban viviendo y al menos alimento no les faltaba.

Así fueron pasando los años, años malos y años menos malos, con un incendio que les dejo sin casa, con una guerra por medio, y los hijos que poco a poco se fueron independizando y formando su propio hogar. Cada hijo se busco la vida como pudo y como suele ocurrir cuando no hay recursos y las cosas no son fáciles, se agudiza el ingenio y cada hijo lucho por labrarse un porvenir y lo consiguió, con lo cual la vida de mis abuelos pasó a ser más cómoda y con menos penurias.

Mi madre era la segunda de los once hijos y yo fui la primera nieta de una larga lista de nietos. Por ser la primera, siempre fui la favorita de mi abuela, aunque quizá no fue esa la única razón sino que además, el hecho de que los primeros años de mi infancia los pasara con ella en el pueblo, hizo que, aunque quería mucho a todos sus nietos, tuviera una especial predilección por mi y yo me sintiera muy unida a ella, tanto así, que aquella época de mi vida me marcó y hoy día, a pesar del tiempo transcurrido, sigo unida a los recuerdos y las vivencias de aquellos hermosos años, al lado de mi abuela.


En verano, durante las vacaciones, me gustaba mucho ir con mi abuela a la huerta y ayudarla en la recogida de frutas y verduras. Solíamos salir muy temprano, cuando el sol aún estaba flojo y pasábamos la mañana en la huerta. Mi abuela, con ramas y tablas, había hecho una especie de cobijo, para protegernos del sol y la lluvia y solíamos refugiarnos allí a descansar un rato mientras comíamos alguna fruta de la misma huerta. A veces llevaba la comida y pasábamos allí todo el día y cuando ya el sol caía volvíamos a la casa con el cesto repleto. En esta época, ya mis abuelos vivían solo con dos hijas (mis tías) que además de aportar un dinero pues trabajaban de peluqueras, eran ellas las encargadas de llevar la casa, lo que le daba a mi abuela un respiro y además podía emplear su tiempo en lo que le gustaba, la huerta, pero ya como afición no como obligación.

Tengo un recuerdo entrañable de aquella época y podría seguir contando muchas cosas más, pero entiendo que me extendería demasiado y también entiendo que este relato no es nada extraordinario, es un relato más, como habrá tantos, pero para mi es algo que llevo muy dentro, por una parte porque quería mucho a mi abuela, había una conexión muy especial ente las dos y escribir estas líneas sobre ella me resulta muy gratificante y por otra parte porque, de esta forma, es como si le hiciera un pequeño homenaje, que creo además merecido, pues fue una mujer, como tantas que hay ignoradas, que solo se dedicó a trabajar y cuidar de sus hijos, sin pensar para nada en ella. Supongo tendría sueños y deseos, como todo el mundo, pero renuncio a ellos por su familia y su única diversión eran las partidas de cartas por las noches, en el invierno, al calor de los fogones o las charlas en las noches del verano, sentada en el banco de piedra de la entrada.

Esa fue toda su vida, pero estoy segura que fue feliz, era una mujer alegre y entusiasta y muy amante de los suyos. Murió con 73 años, hoy día joven aún, pero dejó su semilla que creció y floreció y su recuerdo perdurará siempre en el corazón de todos los que existimos gracias a que ella existió.

Siempre en mi corazón abuelita



2 jul. 2009

ANIMALES AL PODER



Este mundo D. Manuel
Ya no es el mundo que era
Ahora está patas arriba
Es un mundo del revés
Pues antes mandaban los hombres
Y ahora son los animales
Los que tienen el poder
Entre vacas, pollos y cerdos
Nos traen a mal traer

Primero fueron las vacas
Se volvieron majaretas
Y no vea Vd. Dn. Manuel
Lo que hicieron padecer
Con su mala jugarreta
Pues nadie podía comer
Sus riquísimas chuletas

Luego les toco a los pollos
Que enfermos de gripe aviar
Nos volvieron a jo…robar
Y nada de carne ni huevos
Ni siquiera un consomé
El riesgo de una pandemia
Nos hacía estremecer

Por fin parecía que todo
Volvía de nuevo a su ser
Pero mire Vd. por donde
En jaque otra vez D. Manuel
Otra peligrosa gripe
Volvemos a padecer

Ahora la de los gorrinos
Y aunque el jamón, todavía
No es prohibitivo comer
Hay que llevar mascarilla
Y rezar para que el cerdo
No nos fulmine esta vez

Recemos pues D. Manuel
Para que acabe esta racha
Pues animales en armas
Y dueños ya del poder
No va a quedar de nosotros
Ni una fibra del corsé