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25 oct. 2010

VENENO QUE DELEITA


El veneno de aquel cuerpo
Trampolín a los infiernos
Es deleite que condena
A los oscuros eternos

Y robando en las ausencias
Enajenadas conciencias
Hasta las cumbres asciende
Azotando su galerna
En el temor que se pierde

Y en oscuros corredores
Su misterio se transforma
En silencios revestidos
De posesiones sin normas
Que fulminando temblores
Quieren vencer invasores
Inventando en desvaríos
Patéticos luchadores

16 oct. 2010

LEVÁNTATE Y ANDA


Mujer levántate y anda
Que aún te queda por andar
No permitas que nadie
Detenga tu caminar

Despliega tus alas y vuela
Y sube alto….muy alto
Verás un mundo chiquito
Que no merece tu llanto

Mujer levántate y anda
Dios te ha colmado de gracias
Y dado su confianza
Otorgándote el poder
De engendrar un nuevo ser
Vaticinio de esperanza

Tu condición de mujer
Es un regalo divino
Tú eres la luz y la fuerza
Para este mundo perdido

Mujer levántate y anda
No escondas tu realidad
Porque tú eres de la vida
La más hermosa verdad
Pues gracias a ti mujer
Perdura la humanidad


10 oct. 2010

EL PERRITO


Aquel sábado yo estaba exultante y eufórica. Llevaba mucho tiempo pidiendo a mis padres que me llevaran a un internado y por fin lo había conseguido. El próximo curso iría a un internado para niñas.
Era muy aficionada a la lectura y últimamente me había dado por leer libros con historias de internados que unido a mis ansias de aventura y gran imaginación, habían hecho que viera éstos como algo excitante y muy divertido y de ahí mi gran interés en ir a uno de ellos.


Mis padres, antes de comunicármelo, habían ido a conocer un colegio regido por monjas, que tenía tanto alumnas internas como externas y que estaba situado en un pueblecito de montaña, a unos 30 km. de mi ciudad. Les habían dado muy buenas referencias de él y después de una extensa conversación con la Madre Superiora del centro y un recorrido por el mismo, para conocer sus instalaciones, quedaron muy satisfechos y decidieron que ese era el colegio ideal por lo que, sin pensarlo más, me matricularon para el próximo curso.

Faltaban aún dos meses para empezar el curso y yo estaba en pleno apogeo de mis vacaciones, pero la noticia del internado me había excitado tanto que ya no pensaba en otra cosa. Mis padres me habían traído unos folletos del colegio, con las normas del mismo y fotografías de sus instalaciones, que a mi me encantaron, así como una lista de la ropa y utensilios que debía de llevar. Un juego de cubiertos con mis iniciales, una manta, varios juegos de sábanas y toallas, ropa interior, camisones, una bata y zapatillas, todo ello marcado con mi nombre.

Además de eso, había que preparar el uniforme que consistía en una falda escocesa en tonos oscuros azules y verdes, plisada y de tirantes, con una blusa blanca y corbata azul oscuro, zapatos y calcetines negros , un chaleco azul marino, para la primavera y un abrigo igualmente azul marino, para el invierno. El modelito se completaba con un sombrerito, bastante cursi, del mismo color. También necesitaba un equipo de gimnasia, que me suministrarían en el mismo colegio al inicio del curso.

Pasé el resto del verano ayudando a mi madre en los preparativos y esperando con ansia (cosa insólita) que acabaran las vacaciones para estrenar mi nuevo colegio.


Llegó el tan deseado día, un taxi nos llevó hasta la estación del tren, nos subimos a él y nos acomodamos en los asientos. Después de un tiempo, que a mí se me hizo eterno, llegamos a un apeadero, donde debíamos bajarnos y allí tomar otro taxi que nos llevaría, atravesando el pueblo, hasta el colegio. El colegio estaba situado en lo alto de una colina, a la que se accedía por una carretera empinada y bien asfaltada, pero muy estrecha, en la que difícilmente podían cruzarse dos vehículos. Yo, a través de la ventanilla del taxi, iba observándolo todo y lo que veía me gustaba mucho. El pueblo se parecía al de mis abuelos, donde yo solía pasar las vacaciones y eso era ya suficiente motivo para que éste me causara una buena impresión.

El taxi nos dejó justo en la entrada del colegio, bueno más bien en la puerta de la reja que rodeaba los jardines del colegio. Al fondo se veía una mansión de aspecto impresionante que, como nos dijeron más tarde, tiempo atrás había sido la residencia del “cacique” del pueblo, o sea del dueño de vidas y haciendas del pueblo y que posiblemente ya de viejo y con la muerte pisándole los talones quiso, por miedo al fuego eterno, congratularse con Dios, donando la mansión a una congregación religiosa.

La vista desde lo alto de la colina era maravillosa, se divisaba todo el valle y, justo en medio, el pueblecito cubierto por una suave neblina, que le confería un aire romántico y misterioso, una neblina que se iba desvaneciendo lentamente eclipsada por un sol que, en aquella mañana de otoño, lucía ya en todo su esplendor.

Vamos Elenita, que la madre superiora nos espera, me grito mi madre viendo que yo me había quedado hipnotizada contemplando el paisaje. Vas a tener mucho tiempo para disfrutar de esta maravilla, pero ahora entremos al colegio, que es de mala educación hacerse esperar y tomándome de la mano me llevo hacia el colegio. Desde niña he sido muy entusiasta de la naturaleza y la vista de aquel paisaje me había dejado como clavada en el suelo.

Entramos por fin al colegio y nos condujeron al despacho de la Madre Superiora que, después de saludarnos, nos dejó en manos de otra religiosa la cual se encargó de llevarnos al dormitorio y de asignarme la cama y el armario donde, bajo llave y controlado por ella, guardaría mi ropa. Después de un recorrido por el colegio para conocerlo y que a mi me decepcionó un poco, pues no era tan magnífico como se veía en los folletos y por supuesto mucho menos impresionante de lo que parecía por fuera, nos llevó al salón de actos, donde habían reunido a todas las internas con sus familiares para darnos una pequeña fiesta de bienvenida. Al cabo de un cierto tiempo, las monjas dieron por terminada la fiesta y entre besos, abrazos y algunos lloros, nos despedimos de nuestros padres y nos quedamos solas ante el peligro. Yo estaba un poco tristona a la vez que un poco cohibida, mirando a unas niñas que debían de conocerse de otros años porque hablaban muy animadamente. De pronto me fijé que había dos niñas en las mismas condiciones que yo y tímidamente me acerqué a ellas. Nos miramos sin decir nada y un poco recelosas empezamos a hablar. No sabíamos entonces, que las tres íbamos a ser inseparables.

Para no extenderme demasiado, voy a pasar por alto los primeros días, porque no ocurrió nada digno de mención. Fueron unos días de adaptación a mi nueva vida y al conocimiento más a fondo de Maribel y Rosana, que así se llamaban mis dos nuevas amigas

Maribel, Rosana y yo, nos hicimos también muy amigas de una niña externa, una niña andaluza llamada Bety, que vivía en la casa cuartel del pueblo desde hacía 5 años, fecha en que habían trasladado a su padre, comandante de la Guardia Civil, a dicho pueblo. Con esa niña solíamos intercambiar tebeos que ella nos daba a cambio de algunas de las golosinas que nos traían nuestros padres cuando nos visitaban, que normalmente era cada quince días y siempre en fines de semana.

Un día al salir al recreo Bety, que por ser externa estaba en otra clase distinta a la nuestra, se nos acercó muy excitada y nos dijo…. Tengo una perrita que hace un mes tuvo cachorritos y mi padre quiere regalarlos y me da mucha pena. Yo que siempre he tenido pasión por los perros le dije….uno para mí…me miró asombrada y me dijo….no puedes tener un perrito en el colegio. Yo no quería renunciar a él y le dije….ya me las apañaré para que no lo vean y luego, cuando lleguen las vacaciones de navidad, me lo llevo a mi casa. A Maribel y a Rosana les pareció emocionante la idea y se ofrecieron a ayudarme para tener el perrito sin que las monjas se enteraran. Prepara una caja con unos agujeros y varios periódicos le dije, metes al perrito y el sábado, que no tenemos clase, nos lo traes.

El resto de la semana estuvimos nerviosas esperando la llegada del perrito y tal como habíamos quedado, el sábado por la tarde se presentó Bety con la caja, que al ser un día sin clase pudimos llevar hasta el dormitorio sin problema. Además de la caja con el perrito Bety, muy previsora ella, nos trajo una bolsa con periódicos que servirían para retener el pipi del cachorrito.

Estábamos ansiosas por ver al perrito y poniendo la caja sobre mi cama quitamos la tapa y nos quedamos las tres (Bety no podía entrar al dormitorio) contemplando al perrito. Era un simple chucho sin raza, de color canela y de padre desconocido, pero que nos pareció precioso y que nos miraba con la misma curiosidad que nosotras a él. Después de un rato de contemplarlo, tomarlo en brazos, acariciarlo y darle unos besos lo volvimos a dejar en la caja y nos pusimos a pensar como haríamos para cuidarlo sin que las monjas se enteraran. Decidimos que sería por turnos y mientras una se encargaría de atenderlo, las otras dos vigilarían y estarían atentas para cubrir a la cuidadora. Como en teoría yo era la dueña oficial, empezamos por mí y la idea fue que, mientras estuviéramos en clase, sujetaríamos la tapa con una cuerda y esconderíamos la caja debajo de mi cama.

El dormitorio era una sala grande y rectangular, con treinta compartimientos separados por cortinas, que cada uno tenía una cama con su mesilla. El dormitorio estaba comunicado con otra sala, que tenía otros tantos lavabos y unas diez duchas, así como los armarios que a cada una nos habían asignado. Nosotras mismas éramos las encargadas de hacer nuestra cama y de limpiar los compartimientos, cosa que nos beneficiaba a la hora de esconder al perrito.

Nos levantábamos a las 7 de la mañana, a las 7,30 era la misa en la capilla del colegio y de 8 a 9 teníamos que desayunar y arreglar nuestro compartimiento ya que a las 9 empezaban las clases. Bueno pues nuestro plan era que una semana cada una cuidara del perrito y lo escondiera debajo de su cama y las tres nos encargaríamos de guardar algo de leche y algunas galletas del desayuno, para alimentarle. Conseguimos un bote para la leche y una bolsita para las galletas y por las mañanas, mientras dos limpiaban, además de su compartimiento, el de la encargada del perrito, ésta le preparaba una papilla con la leche y las galletas y cuidaba de que la comiera, así como de cambiarle los periódicos sucios por otros limpios.

Estuvimos así varios días, alimentando al perrito con tres papillas diarias de galletas, una en la mañana, antes de ir a clase y las otras dos en horas de recreo. No era una forma muy correcta de alimentarle, pero el perrito engordaba y estaba cada día más espabilado y contento. Todos los días esperábamos a quedarnos solas y le sacábamos un poquito de la caja, para que corriera por el dormitorio. Ya se había acostumbrado a esa rutina y se portaba muy bien. Algunas veces nos daba un susto, pegando unos pequeños ladridos en algún momento inoportuno, que nosotras tratábamos de ocultar a base de carraspeos y ataques de tos.

Una mañana nos levantamos, nos aseamos y nos dispusimos, como siempre, a ir a misa. Observamos que el perrito estaba un poco inquieto, cosa que nos extrañó, pues era muy tranquilo. Le sacamos de la caja, le acariciamos, le hablamos con mimo y cuando le vimos ya calmado le volvimos a la caja y la cerramos atándola con una cuerda, como veníamos haciéndolo.

Llevábamos ya un rato oyendo la misa, cuando notamos un poco de alboroto que venía de la parte de atrás (nosotras nos poníamos siempre en las primeras filas), nos volvimos para ver que pasaba y las tres nos quedamos pálidas. Debíamos de haber cerrado mal la caja y el perro se había escapado y quizá por las voces de los rezos o porque nos estaba buscando, se había metido en las iglesia. Corría de un lado para otro dando pequeños ladridos, que supusimos eran de alegría por verse libre y con tanto espacio para correr. Estábamos petrificadas, aquello no podía ser verdad, aquello no podía estar ocurriendo.

El perrito corriendo y ladrando por toda la capilla como un loco, dos monjas tratando de cogerle, las niñas riendo y metiendo bulla y el cura siguiendo la misa y los rezos como si no pasara nada. Hubo un momento en que yo pensé que me iba a desmayar, fue cuando el perrito subió hasta el altar y pasando por detrás del cura, volvió a bajar corriendo, no sin antes tirar un jarrón con flores, que rodó hasta el pasillo de la iglesia. De pronto el perro nos vio y aquello fue nuestra perdición, porque vino hacia nosotras saltando y ladrando y por la actitud que tenía, las monjas se dieron cuenta que el perrito nos conocía.

Nos sacaron a las tres de la iglesia y junto con el perrito nos llevaron al despacho de la Madre Superiora. Suponían, por lógica, que el perrito nos lo había tenido que dar una niña externa y nos obligaron a decir quien era. Cuando llegó Bety la llevaron también al despacho y al vernos allí a las tres con el perrito, al contrario que nosotras que estábamos pálidas, se puso colorada como un tomate, lo que unido a su nerviosismo confirmo que era nuestra cómplice.

Las monjas (cosa extraña) se apiadaron de nosotras cuando, al decirnos que nos quitaban el perro, nos pusimos a llorar con gran desconsuelo y decidieron que Bety se hiciera cargo de él y lo trajera los domingos al colegio para que lo viéramos y cuando nos dieran las vacaciones, me lo llevaría yo a mi casa. Eso nos dejó más tranquilas y desde aquel día todos los domingos venía un ratito Bety con el perrito, que se había encariñado mucho con nosotras y jugábamos y corríamos con él por el jardín. Mis padres accedieron a que me quedara yo con él y fue mi primer perrito, al que le puse por nombre Eguzki, que quiere decir sol.

A pesar de ello, no nos libramos del castigo. A Bety la obligaron a ir durante un mes a la misa del colegio y a nosotras nos tocó limpiar todo el dormitorio y hacer las camas de todas las niñas, también durante un mes, y todo antes de ir a las clases, lo que no nos dejaba casi tiempo para desayunar. De todas formas valió la pena pues mi perrito, que resultó ser una perrita, era realmente un sol.


 

2 oct. 2010

TE RECUERDO - Soneto


------Soneto------

Te recuerdo en el murmullo del viento
Cuando llega rozando la añoranza
Floreciendo en melancólica alianza
El sosiego y un extraño desaliento

En el color de la tarde que muere
Cuando aturdida la luz se flagela
Recreando en su infinita acuarela
La nostalgia que al corazón se adhiere

Te recuerdo en el suspiro que implora
El silencio que vaga en los alcores
En las noches en que el desvelo aflora

Con delirios que llenan los albores
Y con sueños que brillan a deshora
Tu recuerdo es espino entre las flores