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22 dic. 2011

22 DE DICIEMBRE - Día de la salud y el trabajo


La salud y el trabajo
Es la mejor lotería

Este “proverbio” en España
Se ha hecho tan popular
Que siempre se le recuerda
En fiestas de navidad
Y suele oírse ese día
Que sortean la lotería
Lotería nacional
Y como es de imaginar
Se va diciendo entre aquellos
Que se quieren consolar
Porque de esa lotería
Ni un chavo han podido catar

Es por eso que unas rimas
Hoy le voy a dedicar
A esta frase que al igual
Que el turrón y el mazapán
Se ha ganado por derecho
Un sitio en la Navidad


¿D Manuel se ha percatado
Que hoy hay nuevos millonarios?
Pues nuestra diosa fortuna
De navidad lotería
Llegando siempre oportuna
Sus dardos ha disparado
Y ha hecho diana la muy tuna
En muchos afortunados
Que no somos ni Vd. ni yo
Pues ni un chavo nos ha tocado

Mas no hay que sufrir por ello
Y menos venirse abajo
Que hoy día de la lotería
También se celebra el día
De la salud y el trabajo
Y aunque ya tenemos años
De salud no andamos mal
Y todavía hay redaños
“Pa” trabajar como antaño
Sin importarnos la edad

Por eso querido amigo
Con jolgorio y alegría
Unámonos a todos esos
Que tocó la lotería
Disfrutemos a destajo
Que la salud y el trabajo
Hoy tienen también su día


21 dic. 2011

AQUELLAS NAVIDADES PASADAS

¡Como añoro aquellas Navidades de mi infancia!, tan iguales pero tan distintas a las de ahora. Aquellas navidades eran unas fiestas mágicas y entrañables. En la mayoría de los hogares, así como en los escaparates de muchos comercios, se montaba el Belén y la noche del 24, después de la cena, era costumbre ir a la misa del gallo, que se celebraba en todas las iglesias y que ahora, solo en algunas se celebra.

Durante muchos años se siguió con la tradición del Belén, pero llegó el árbol (costumbre extranjera) y lo desbancó. Los comercios dejaron de poner en sus escaparates el belén, para poner un ostentoso y brillante árbol, que nada tenía que ver con el sentir religioso con el que se vivía la Navidad y que poco a poco va desapareciendo y aunque en muchos hogares aún se conserva la tradición del belén, el protagonista principal de estas fiestas es el árbol. Menos mal que no se han cargado a los Reyes Magos sustituyéndolos por Papá Noel. Nuestros niños aún sueñan con ellos, aunque también lo hagan con Papá Noel, porque son muy listos,  así tienen regalos por partida doble y en mi tierra por partida triple, porque también está el Olentzero.


 
El recuerdo de las navidades de mi niñez me llena de nostalgia y de tristeza porque ese, hoy día, tan cacareado espíritu de la navidad, entonces es cuando realmente existía, ahora se ha perdido. Ahora la navidad es consumismo y diversión cuanto más mejor y no digo que esté mal el gasto y la diversión. A mi también me gusta comprar regalos y pasarlo bien, pero creo que tanto lo uno como lo otro se han desmadrado y han dejado de lado el verdadero sentir de estas fiestas, se han cargado el espíritu de la Navidad. Y voy a dejar aparte lo del amor, la solidaridad y el pensar en los demás porque eso… eso como diría mi abuela, es harina de otro costal. Y ni que decir de lo ya tan repetido, de que en estas fechas todos somos mas humanos, un poco mejores. Uno es como es y si se es buena persona lo es siempre, porque eso de ser buenos a tiempos o a épocas……..Si solo se es bueno en ocasiones, es que se está fingiendo.
Todo son palabras huecas que yo creo sirven para tranquilizar las conciencias de la gente, por el derroche que se produce en estas fechas, cuando hay otra mucha gente que pasa hambre

Recuerdo que de niña, cuando ya nos habían dado las vacaciones, mi hermana y yo íbamos con mi padre al monte, a buscar musgo y cortezas de árboles, con los que luego montábamos el Belén. También cogíamos algunas ramas de acebo, para adornar la casa. El Belén lo montaba mi padre y a nosotras nos gustaba mucho ayudarle. Solíamos apuntarnos a un concurso de Belenes que organizaba la parroquia de nuestro barrio. Nunca ganábamos porque el nuestro, aunque estaba muy bien hecho (gracias a mi padre) era muy sencillo, pero nos encantaba participar, nos sentíamos importantes cuando venía un jurado a vernos el Belén y nos hacían preguntas sobre el nacimiento de Jesús, a las que tanto mi hermana como yo respondíamos muy serias.

Cuando llegan estas fechas no puedo dejar de pensar en aquellas otras navidades, quizá con menos turrón, con menos champán, con menos lujo y con menos regalos, pero con algo mucho más valioso y entrañable, el verdadero espíritu de la navidad, el que salía del corazón y se instalaba en el alma, no el que sale del bolsillo y se instala…..vayan a saber donde.

Ya sé que algunos dirán que estoy "demodé" y  también que todo tiempo pasado parece mejor y en parte es cierto pero pienso que no es éste el caso, al menos no del todo. Creo que las Navidades de mi niñez y juventud eran más sentidas, más entrañables, en definitiva más hermosas

A pesar de todo, os deseo de corazón FELIZ NAVIDAD

26 nov. 2011

VIDA ETERNA



En memoria de mi madre, que el pasado 23 de Noviembre, partió hacia el valle de la eterna juventud

No importa que mis ojos se cierren a la luz
Y que la tierra se adueñe de mi cuerpo inerte
Si en el jardín que se esconde en el azul
El alma, entre un rosal y un abedul
Vivirá junto a ellos para siempre

La soledad que corrompe sentimientos
Sepultura la darán junto a mi cuerpo
Rezarán los labios con recogimiento
Allá en la casa de los muertos
Llorarán con piedad los ojos
Sobre los tristes e inútiles despojos
Y radiantes llegarán desde lo alto
Voces melodiosas llenas de beldad
Para arropar con su bello canto
El paso de mi alma hacia la eternidad

No importa que mis ojos se cierren a la luz
Y que la tierra en sus entrañas me devore
Pues liberado el espíritu del peso de su cruz
Volará sin angustias ni temores
Hacia el valle de la eterna juventud

3 nov. 2011

CUANDO YO MUERA

EN MEMORIA DE UNA AMIGA QUE AYER 2 DE NOVIEMBRE, NACIO A OTRA VIDA MEJOR

El día que yo muera
No quiero que nadie me llore
Ni doblen por mí las campanas
Entonando el miserere

Que canten himnos de gloria
Y de alabanzas a Dios
Me habré ido de esta vida
Para entrar en otra mejor

Que mi cuerpo no se pudra
Entre la tierra y el barro
Que lo purifique el fuego
Que se convierta en cenizas
Y sean lanzadas al viento
Y vuelen alto... tan alto...
Que lleguen al firmamento
Allí donde las estrellas
Nunca dejan de brillar
Y acompañado por ellas
Poder hasta Dios llegar

+++++++++++++++++++
Descansa querida amiga
En tu remanso de paz
Descansa Eliana tranquila
Que tu sueño las estrellas
No han dejado de velar
Y allí al lado de ellas
Eres ya una estrella más

19 ago. 2011

LA ACAMPADA (Pero no la de la Puerta del Sol)

¡Arriba Elenita! voceaba mi madre entrando en mi habitación, a la vez que abría las persianas para que entrara la luz del día. Tan entusiasmada que estabas esperando este día, seguía diciendo mi madre, y resulta que se te han pegado las sábanas. Era cierto, había estado toda la semana soñando con este día y la emoción me había tenido parte de la noche en vela y debido a eso, ahora, a pesar de mi entusiasmo, me costaba levantarme de la cama.

Íbamos a ir de acampada y aunque era una acampada familiar estaba muy emocionada, pues eso de dormir al aire libre, en una tienda de campaña, me parecía algo maravilloso y muy excitante. Éramos tres familias las que íbamos a participar en la acampada. Una sin hijos, otra con dos hijos, mis primos, y la tercera mis padres y yo, pues mi hermana iba a pasar esos días en el pueblo con mis abuelos.

Por fin salí de la cama, me asee, me vestí, desayuné y me puse a leer un tebeo a la espera de que llegara uno de mis tíos para llevarnos en su coche, ya que nosotros no teníamos. Al cabo de un rato que, a pesar del tebeo, se me hizo eterno, llegó mi tío. Cargamos todos los bultos en el coche y después de que mi madre comprobara que no quedaba ninguna luz encendida, que las fuentes estaban todas cerradas y que la puerta quedaba bien atrancada con sus dos vueltas de llave, subimos al coche y salimos camino a la aventura, que era como yo lo veía.

El viaje no fue muy grato para mi, mejor dicho nada grato, pues la carretera, que gozaba de un paisaje precioso y del que yo no pude disfrutar, tenía infinidad de curvas lo que hizo que a mi se me revolviera el estomago y lo pasara bastante mal.
Di gracias a Dios cuando por fin llegamos y salí rápidamente del coche y entre la vista tan magnifica que tenía delante de mis ojos y el aire fresco del mar que me daba en la cara, se me pasó el mareo y me olvidé totalmente de lo mal que me encontraba.
Sí he dicho bien, el aire fresco del mar, porque la acampada era en una playa, aunque no sobre la arena, sino sobre una campa que había junto a la playa. Una campa repleta de arboles y helechos y lugar ideal para montar las tiendas de campaña.
La playa era una playa inmensa y con muchas dunas que eso unido a que estaba solitaria, pues solo se llenaba de gente los domingos, le daba un aspecto misterioso y salvaje que me entusiasmó e hizo correr mi imaginación hasta el punto de que empecé a soñar con que éramos los nuevos Robinson.

Mientras los hombres montaban las tiendas y las mujeres se encargaban de buscar el mejor sitio para colocar las mesas y organizar la comida, me fui junto con mis primos (un chico y una chica, algo mayores que yo) a inspeccionar “la isla”, que era como yo quería imaginarla. Una isla con playa y vegetación, como la de Robinson, o al menos yo quería verla así. Hasta me topé con un árbol enorme, al que me hubiera gustado trepar, algo que se me daba muy bien, soñando con que allí estaba la casa de Robinson.

Después de una suculenta comida, acompañada por hormigas y toda clase de insectos, mis primos y yo seguimos recorriendo e inspeccionando “la isla” y cuando ya empezaba a anochecer volvimos al campamento, cansados pero felices. Después de cenar, nos mandaron a los niños a la cama y los mayores se quedaron de amenizada tertulia. A pesar de que el sonido del mar era el mejor arrullo para dormir, a mi me costó coger el sueño. Tantas emociones me tenían muy alterada.

A la mañana siguiente desperté temprano. La lona de la tienda, que era de una calidad muy corriente, dejaba pasar la luz del sol de aquel radiante día, lo que hacía imposible seguir durmiendo.

De todas formas estaba ansiosa por levantarme. Quería seguir explorando la playa y en cuanto desayunamos nos fuimos los tres a descubrir los misterios que, según mi mente fantasiosa y calenturienta, esperaba encontrar.

La playa era muy larga y aunque llevábamos un buen rato caminando por ella, no habíamos visto, con gran decepción por mi parte, nada digno de interés. Mirar, allí hay algo, dijo de pronto mi primo señalando hacia la lejanía. Parece una cabaña, dije yo, igual es la casa de Robinson, seguí diciendo muy animada. A mis 13 años no era tan simple como para creer realmente eso, solamente era un juego, pero en el que me metía tan de lleno que lo vivía como si fuera realidad. Vamos a inspeccionar, volvió a decir mi primo y los tres nos dirigimos hacia lo que parecía una cabaña.

No era exactamente una cabaña, era más bien una especie de choza abierta, quizá un refugio para protegerse del sol y estaba hecha con tablas y ramas de helechos, que por aquella zona había muchos. Vimos que alguien la estaba utilizando, pues había una mesa y un banco construidos, de forma rústica, con las mismas tablas que cubrían la choza, así como algunos periódicos y latas vacías, esparcidos por el suelo. Nos pusimos a curiosear y de pronto nos sobresalto una voz a nuestra espalda, ¡qué hacéis aquí! Mis primos no se pararon a ver de quien era esa voz, salieron corriendo, pero yo me di la vuelta y me quedé quieta contemplando al hombre que tenía frente a mí. Era un hombre que me pareció muy mayor, aunque quizá no lo fuera tanto. Llevaba barba y su aspecto era desaliñado y sucio, pero no me producía temor. Su voz no era recriminatoria, más bien parecía triste o resignada y su cara, a pesar de su barba y su aspecto desaliñado, no infundía temor. Tenía una mirada profunda pero limpia y noble y se quedó fijo mirándome de una forma que no sabría explicar, pero que me impresionó. Me miraba con ternura y como si me conociera, como si no fuera la primera vez que me veía.

A una distancia prudencial mis primos observaban la escena y a voz en grito me llamaban. Después de un tiempo de mutua contemplación, sin mediar palabra, tranquilamente me alejé de allí.

Mis primos estaban exaltadísimos y me recriminaban por no haber salido corriendo como ellos y aunque yo estaba la mar de tranquila y segura de que ese hombre no era peligroso, decidimos no contar nada a nuestros padres, por miedo a que nos prohibieran ir solos a la playa.

El resto del día lo pasamos divirtiéndonos de mil maneras y sin hacer la mínima alusión al incidente de la mañana, aunque yo no podía quitar de mi mente la mirada de aquel hombre y la idea de volver a verle.

El nuevo día, al igual que el anterior, salió radiante y nosotros, después de desayunar, volvimos a la playa. Acerquémonos hasta la choza, les dije yo, ni hablar, contestó mi prima, pero a mi primo también le picaba el gusanillo de la curiosidad y se prestó a acompañarme. Mi prima por no quedarse sola, se unió a nosotros.
Ya de lejos le vimos, estaba sentando en el banco y parecía contemplar el mar. Yo apresuré el paso al contrario que mis primos, que se iban quedando rezagados. Cuando estuve frente a él, que seguía ensimismado mirando el mar y no se percato de mi presencia, le saludé con un escueto hola. El me miró y sin sorprenderse (parecía que esperaba mi visita) me saludo muy sonriente. ¿Te gustan las caracolas? me dijo. Ante mi afirmación se levantó y de una bolsa que tenía en el suelo, sacó una caracola y me la entregó. Es muy bonita, le dije. A mi hija también le gustaban, me dijo. ¿Tiene una hija? Le pregunté. Tenía, pero ya no la tengo. Volvió a quedarse ensimismado mirando al mar y yo dándole las gracias salí corriendo a reunirme con mis primos. No quise preguntarle más sobre su hija porque por el tono de su voz intuí que ésta había muerto.

Estuve así varios días, yendo a visitar al hombre de la choza, como le llamábamos. Mis primos me acompañaban pero no se acercaban. Siempre la misma rutina. Él me saludaba y me miraba con esa su inexplicable mirada, luego me hacía un sitio en el banco y yo me sentaba a su lado. Se quedaba ensimismado, con la vista perdida en el mar y yo en silencio, mirándole de reojo, esperando la caracola que todos los días me daba. Ni siquiera me había preguntado mi nombre, pero creo que le gustaba verme. Me entregaba la caracola, yo le daba las gracias y me iba.

Mis primos no entendían mi interés por ir todos los días a ver a ese hombre y ni yo misma lo entendía. El morbo por el misterio que parecía rodearle, o tal vez aquella mirada que no sabía descifrar, pero algo había que me empujaba a la choza y aunque a mis primos no les hacía ninguna gracia ir, por no dejarme sola, me acompañaban.

Una mañana, al igual que todas, fui a visitarle y no estaba, pero sobre la mesa vi un paquetito que ponía “para la niña de los ojos claros”, que di por hecho se refería a mí. Lo abrí y era una pulsera de metal blanco, bastante estropeada. Junto con la pulsera había una nota. Esta pulsera la he encontrado en la playa, a mi hija le hubiera gustado, espero que a ti también te guste. No era una pulsera bonita y no parecía tener ningún valor pero, no sé por qué, me sentí emocionada, emocionada y asombrada porque la nota estaba escrita con una letra muy clara y bella, propia de alguien con estudios, que no compaginaba con el hombre sucio y desaliñado que conocíamos.
Cuando llegamos al campamento me creí en el deber de contar a mis padres lo del hombre de la choza y, como ya suponía, mi madre puso el grito en el cielo y me prohibió volver a verle.

Tal como me había ordenado mi madre, dejé de frecuentar la choza, pero no podía quitarme de la cabeza aquel harapiento, de mirada melancólica y dulce.

Un día en la playa le vimos, se dirigía hacia la choza. Caminaba un poco encorvado y muy lento, pero estaba distinto, mas aseado y arreglado y su cara parecía menos triste, aunque seguía teniendo el mismo aire de ensimismado. Me quedé fija mirándole y como si hubiera detectado mi mirada, se volvió de pronto y al verme me dedicó una tímida sonrisa a la vez que me saludaba con la mano. Esa fue la última vez que le vimos.

El tiempo empezó a cambiar y decidimos levantar el campamento y regresar a nuestras casas. Yo no quería irme sin despedirme del hombre de la choza y sin decir nada a nadie, el mismo día de nuestra partida, mientras todos recogían las tiendas y los bártulos, dije que iba a dar mi último paseo por la playa y me acerqué hasta la choza.
Al igual que la última vez la encontré vacía pero, sobre la mesa, había una caracola enorme y debajo de ella una nota, que decía más o menos lo siguiente: “Niña de los ojos claros, no sé si vendrás a recoger tu caracola, pero si lo haces quiero que sepas que has traído un rayo de luz a mi vida. Hace tanto tiempo que se fue mi hija, que ya no podía recordar sus ojos y eso me dolía, pero en los tuyos los he visto y me han dado mucha paz. Ahora puedo recordarlos. Que Dios te bendiga”. Cogí la caracola y dejé, sujeto con una de las  latas vacías que había en el suelo de la choza, el mensaje de despedida, que llevaba preparado por si no le encontraba. “Hoy nos vamos para casa pero no quiero irme sin despedirme y darle las gracias por la pulsera y las caracolas, que guardaré con mucho cariño”. Después de leer su mensaje, el mío resultaba un poco insulso.

Lentamente me fui alejando de la choza tratando de esconder unas lágrimas, que no sabía por qué, estaban a punto de brotar. No conocía a ese hombre, nada me unía a él y sin embargo me sentía acongojada.

No quise que mis padres me vieran en ese estado y traté de hacer tiempo, para ir calmándome, yendo a un kiosco cercano a la playa, donde vendían todo tipo de chucherías. Mientras echaba una ojeada, buscando algo que me apeteciera, se me ocurrió preguntarle a la dueña del local si conocía a un mendigo que solía estar en la playa y le di las características físicas del mismo. Claro que le conozco, me dijo, se llama Roberto y es un pobre hombre que no está bien de la cabeza pero no es un mendigo, solo que le gusta ir como tal. Yo le seguí diciendo…no sé si hablamos de la misma persona, este hombre tuvo una hija que se le murió siendo aún niña, una hija que debía de tener los ojos claros. La kiosquera se echó a reír y me dijo… ¿eso es lo que te ha contado verdad? Pues no le creas, se lo cuenta a todo el que le quiere oír. Nunca ha estado casado ni por supuesto ha tenido una hija, aunque él parece que se lo ha llegado a creer. Roberto, siguió diciendo la mujer, es nacido en este pueblo y de joven fue un alto cargo en una importante empresa. Era muy inteligente, tanto que creo se le paso la rosca y ahora ya no rige bien, pero es un buen hombre, no es peligroso.

Me fui del kiosco como si me hubieran echado un jarro de agua fría. Que decepción, yo que me creía la protagonista de una tierna historia, el punto de enlace entre un hombre y su hija muerta y resulta que solo había sido la fantasía de un enajenado. Aquella mirada tan enigmática que no sabía descifrar, pero que quería creer significaba algo especial, era solo la mirada de un alucinado. Ahora también tenía ganas de llorar, pero de decepción y rabia. Pensaba en los sentimientos que me había inspirado el hombre de la choza y me sentía ridícula. ¡Qué tonta había sido!

Cuando llegué al campamento éste ya no era tal. Las tiendas estaban recogidas y todo empaquetado a la espera de salir hacia nuestros domicilios. Mis primos, que sospechaban mi visita al hombre de la choza, al verme llegar con cara compungida me abordaron y me bombardearon a preguntas. Sin pronunciar palabra, les di la nota que me había dejado con la caracola y ellos dieron por supuesto, que mi estado de ánimo era debido a lo que ponía en ella. Pensé que no tenía por qué sacarles de su error, era una tierna y bella historia, que no tenía que echarse a perder por mi indiscreción, al intentar indagar sobre el hombre de la choza. Decidí que lo mejor era olvidar la segunda parte de la historia, pues de no haber ido al kiosco nunca la hubiera sabido. Tenía un bello recuerdo de esta acampada y además algo muy interesante para contar a mis amigas cuando comenzara de nuevo el colegio, así como unas caracolas preciosas que estaba deseando enseñar. No había razón para que eso cambiara.

Muy animada con este pensamiento subí al coche de mi tío, que nos llevaría de regreso a casa. Esta vez el viaje resulto mucho más grato. Mi madre había comprado pastillas para el mareo, lo que hizo que no me sintiera mal y pudiera admirar el maravilloso paisaje. Me sentía feliz, había disfrutado de una magnífica acampada, llevaba una bonita historia para contar y tenía unas grandes y bellas caracolas. La vida me sonreía, ¿qué más podía pedir?.





16 jun. 2011

REINA DE LA NOCHE


Bella reina de la noche
Nacida para el amor
Altiva y majestuosa llegas
Con tu séquito de estrellas
Y Luz radiante de luna llena

Mis cabellos lucen reflejos de plata
Y mis ojos han perdido su fulgor
Pero esta noche, sólo esta noche
Cúbreme con tu manto de estrellas
Vísteme con tu resplandor
Hazme joven, deseada y hermosa
Que brille en mi de nuevo el amor

Esta noche... sólo esta noche...
Luego cuando te hayas ido
Y llegue de nuevo el alba
El milagro desaparecerá
La magia se irá contigo
Volverán los cabellos de plata
Y el brillo de mis ojos se apagará
Pero hoy, reina de la noche
Hoy...haz mi sueño realidad


11 jun. 2011

ROMUALDO SE CASA


Hoy se nos casa Romualdo
Y su madre está contenta
Se libra ya del muchacho
Un muchacho de cuarenta

Yo con mi madre estoy bien
Decía Romualdo a voz llena
Con quién voy a estar mejor
Nadie me cuida como ella

Y así pasaba Romualdo
Sus años en soltería
Le rondaban muchas mozas
Pero ninguna quería

Su madre desesperada
A San Antonio una vela
Todos los días llevaba
Para ver si alguna novia
El Santo por fin le encontraba

Un día al pueblo llegó
Una joven de bandera
Que a Romualdo encandiló
Y trató de ir a por ella

Romualdo que era un gañán
Quiso a la moza ganar
Con una hermosa manzana
Lo mismo que Eva y Adán
Y se fue con ella al huerto
Paraíso terrenal
Para comer la manzana
Y su amor así sellar

Mas la moza que era lista
Aunque moza no era ya
Aprovechó de Romualdo
Gañán un tanto zoquete
Este desmedido afán
Para endosarle el paquete
Regalo de algún galán
Y que ponía en peligro
Su casta virginidad

Y probó de la manzana
Y a Romualdo le ofreció
Que comió sin percatarse
Que un gusanito llevaba
Y el muy tonto lo tragó

Del brazo de la madrina
Hoy Romualdo satisfecho
A la iglesia se encamina
¡Qué guapo estoy! Va pensando
Y con cuanta envidia
Todos me están mirando
Y “pa” listo….yo el primero
Por el precio de una vaca
Me llevo vaca y ternero



29 may. 2011

EL TEATRO DE MUNDO


Los ojos tiene cansados
De tanto mirar la vida
Observando del mundo el teatro
Entre tramoyas y bambalinas

Ha tiempo también él fue
Actor de este gran teatro
Unas veces en comedias
De galán almibarado
Y otras en duras tragedias
De dramatismo desorbitado
Y algunas veces hacía
El papel de un hombre malo

Ya la edad le ha retirado
De las tablas y los escenarios
Ahora observa entre telones
Y gastados decorados
Recordando con nostalgia
Aquellos años dorados

El gran teatro del mundo
No ha dejado de girar
Pero él ha cumplido su ciclo
Ya está en la recta final
No mas le queda un papel
Difícil de representar
El papel del adiós a la vida
Que tranquilo entre bambalinas
Aguardando está el momento
De poderlo interpretar


13 may. 2011

UNA NOCHE EN PALACIO

Hacía frío y unos negros nubarrones en el cielo, presagiaban tormenta. Regresábamos de las vacaciones de semana santa y tanto mis hijos como yo, con el calorcillo del coche, íbamos adormecidos (incluso el perrito dormía plácidamente en el regazo de uno de mis hijos), mientras mi marido conducía en silencio. ¡Hombre este es el pueblo de mi amigo! dijo de pronto mi marido sobresaltándonos. ¿De qué amigo hablas? Le pregunté yo medio somnolienta. De mi amigo Víctor, me contestó, que hace tiempo me encontré con él, siguió diciendo mi marido, y me comentó que había comprado un palacio en un pueblo del que había olvidado su nombre pero ahora, al verlo, lo he recordado. ¡Anda ya!, un palacio, tu amigo sueña, le dije yo.

El famoso amigo Víctor, era un amigo de la familia al que mi marido conocía desde niño. Aunque éste era de bastante más edad, había hecho una gran amistad con él debido, principalmente, a que el tal Víctor era un hombre muy ilustrado y con una muy bien surtida biblioteca en la que mi marido, que ya desde niño era un apasionado de la lectura, solía gustarle mucho estar.

Yo con Víctor solo había hablado un par de veces, pero me había dado la impresión de que era un poco excéntrico o no estaba muy bien de la cabeza. Así se lo había comentado a mi marido en más de una ocasión. No lo creas, me decía, lo que ocurre es que es un sabio y, como todos los sabios, vive en otro mundo. Por eso, cuando mi marido dijo lo del palacio, di por hecho que era una de sus locuras o excentricidades. ¡Cómo iba a comprarse un palacio!

Vamos a hacerle una visita y así veremos si es cierto lo del palacio, volvió a decir mi marido. A mí, la verdad, no me hacía ninguna gracia ir a visitarle. Cuando le conocí no me resultó grato y a pesar de que mi marido decía que era una bella persona, me producía una especie de temor, le encontraba algo siniestro. A mis hijos les encantó la idea de ir a ver el palacio y como yo estaba en minoría, no me quedó otra que acatar el deseo de la mayoría.

Según le había dicho Víctor a mi marido, el palacio se llamaba “Palacio las Acacias” y preguntando a unas personas del pueblo, llegamos a él. En realidad, más que un palacio, parecía una casona grande y vieja. No tenía nada de jardín y no sé de donde le vendría el nombre, pues no había ni una sola acacia a su alrededor. Estaba situado en un alto y a mi me vino a la memoria la casa de la película“psicosis”.

La puerta, grande y llena de herrajes, tenía una aldaba enorme en forma de mano. A nuestra llamada salió Víctor y la verdad es que, no se si real o fingido, nos recibió con gran entusiasmo. Salía un poco encorvado y frotándose las manos (quizá por el frío) y con una sonrisa de oreja a oreja. Al verle me dio un escalofrío, pues su imagen me recordó a la bruja del cuento “La casita de chocolate” cuando recibía a Hánsel y Grétel sonriente y frotándose las manos, pensando en el festín que se iba a dar con los niños.
Si hubiera dependido sólo de mí, hubiéramos hecho una “visita de médico” y luego para casa, pero Víctor nos pidió que nos quedáramos hasta el día siguiente y a mi marido que no le apetecía conducir de noche y a mis hijos que todo lo que fuera novedad les encantaba, les pareció una buena idea y como yo, nuevamente, estaba en minoría, tuve que resignarme.

Víctor no estaba casado y a pesar de tener familia vivía solo. Aún siendo, supongo, muy feliz en su soledad, de vez en cuando quizá le agradase recibir alguna visita, aunque sólo fuera para reafirmarse en esa soledad y, cuando se iban las visitas, volver a disfrutar de la misma, ya que era un lobo solitario. Posiblemente de ahí su alegría al vernos.

La casona por dentro ya no era tal casona. Efectivamente tenía el aspecto de un palacio. La entrada era enorme, parecía una pista de baile con columnas y unas grandes escaleras a los lados, que confluían en el primer piso con una especie de hall, frente al cual había un gran salón. De los lados derecho e izquierdo del hall partían dos anchos y largos pasillos que daban acceso a las habitaciones. Había otro piso más, pero las escaleras estaban medio rotas y malamente se podía acceder a él. A pesar de que sí tenía el aspecto de un palacio y puede que en otro tiempo luciera en todo su esplendor, en aquel momento era una ruina. Desde luego vivir allí, en mi opinión, resultaba totalmente desolador y mucho más para una persona sola, pero a Víctor se le veía muy feliz en su enorme y deprimente morada.

Después de un breve recorrido por todas las dependencias del primer piso, pues al segundo, debido al mal estado de las escaleras, no accedimos, nos llevó a un saloncito donde tenía montado una especie de despacho. Había estudiado farmacia y de joven había trabajado como farmacéutico. Ya jubilado, se había dedicado a investigar las alternativas a los medicamentos convencionales, tales como medicina natural y homeopatía y en esa especie de despacho es donde tenía su “parafarmacia”.

Llevábamos allí un buen rato conversando, bueno a decir verdad los que conversaban eran mi marido y Víctor, pues yo me limitaba a escuchar sin demasiado interés y mis hijos a curiosear por la estancia cuando, tal como ya venían anunciando las nubes, se desató una fuerte tormenta, con gran aparato eléctrico y mucho viento. Como el saloncito donde estábamos reunidos, para no desentonar con el resto del palacio, tenía la ventana rota, empezó a entrar por ella una gran cantidad de agua que unido al fuerte viento llegaba hasta el centro de la habitación. Víctor intentó cubrir la ventana con un trozo de plástico que ya tenía preparado para tal fin, lo que consiguió con gran esfuerzo y a riesgo, para regocijo de mis hijos, de pegarse un talegazo, pues la ventana estaba bastante alta y él tuvo que subirse a una, al igual que toda la casa, destartalada escalera.

Por fin llegó la hora de cenar y digo por fin, porque la velada se me estaba haciendo interminable y deseaba cenar e irnos a dormir y que llegara pronto el día siguiente para marcharnos de allí. No sabía entonces que la noche iba a ser aún más interminable.

Nos llevó a una enorme cocina, vieja y desangelada, y la más sucia cocina que ni en mi peor pesadilla hubiera podido imaginar y donde yo, que para eso soy mujer, tenía que preparar la cena de todos. Preparar la cena es mucho decir. Me indicó un armario que, según él, estaba repleto de viandas. Efectivamente había muchas cosas. Latas de conservas, refrescos, legumbres, galletas, leche, aceite, azúcar, etc. etc., pero tenía todo tan mal aspecto, que me puse a buscar con mucha cautela por ver si había algo en buenas condiciones.

Las latas todas estaban oxidadas y abultadas, lo que las hacia inutilizables, a riesgo de acabar con botulismo. Las galletas las suponía revenidas pues todas las cajas estaban caducadas y lo mismo la leche, el aceite y otra serie de productos. Me dio vergüenza decirle que todo estaba en mal estado y le dije que normalmente cenábamos muy poco, que con unos huevos, si es que tenía, nos arreglaríamos. De todas formas el aspecto de aquella cocina era un antídoto para el apetito pero, sobre todo pensando en mis hijos, algo había que preparar.

Por suerte tenía huevos y además frescos pues, parece ser, que se los llevaban, todas las semanas, unos aldeanos del pueblo. Como para él cenar solo huevos no era suficiente, se preparó una coliflor, que la echó a cocer tal cual, sin lavarla y sin quitarle ni hojas ni troncho.

A partir de aquel momento empecé a creer firmemente en las bondades de la medicina natural porque si ese hombre preparándose las comidas con tanta falta de higiene y comiendo aquellos productos que tenía en el armario, aún seguía “vivito y coleando”, es que la medicina natural, que seguramente él utilizaba para sí mismo, hacía milagros.

Después de esa “esplendida” cena, decidimos irnos a dormir. Nos llevó a una habitación muy grande, con varios catres dispersos por ella, donde dormiríamos todos, cosa que agradecimos, pues preferíamos dormir todos juntos. Nos dio las buenas noches y se retiró a sus “aposentos”, no sin antes advertirnos que el perro no podía subir a las camas, tenía que dormir en el suelo. ¿Tendría miedo a que se las estropeara?

Aún no nos habíamos quitado los abrigos, incluso habíamos cenado con ellos, pues hacia un frío de mil demonios. Casi todas las habitaciones tenían chimenea, pero estaban apagadas, seguro que no funcionaba ninguna y no había ni un solo radiador en toda la casa, por lo que ésta estaba helada. Decidimos que, para combatir el frío, lo mejor sería unir las camas para dormir todos juntos, así como no quitarnos la ropa y meternos a la cama con ella puesta. Conformes con esta decisión, dejamos las camas preparadas y fuimos todos juntos, incluido el perro (nos sentíamos más seguros todos juntos), al cuarto de baño para lavarnos los dientes y hacer un pis antes de acostarnos

El cuarto de baño, como casi todas las dependencias, era muy amplio y, aunque ya habíamos estado en él al poco de llegar, no nos habíamos fijado que tenía en el suelo manchas rojas como de pintura.

Mis hijos, que les encantaban las películas de terror y eran muy imaginativos y truculentos, empezaron a decir que era sangre reseca, que habían visto en los cajones de la cocina unos cuchillos enormes y que Víctor podía ser un sicópata. Todo era broma, ellos lo sabían y yo también, pero el ambiente de la casa propiciaba a imaginar esas cosas y hasta llegar a creerlas. Total que empezó a entrarnos miedo, tanto así que mi marido tuvo que intervenir para zanjar la cuestión y devolvernos la cordura algo que, aunque disimulamos, no consiguió del todo.

Volvimos al dormitorio y tal como habíamos decidido, sin quitarnos la ropa, salvo el abrigo y los zapatos, nos metimos todos juntos en las camas. Mi marido y yo en los extremos, los niños en medio y al perro, que por supuesto no íbamos a dejar que durmiera en el frío suelo de piedra, lo pusimos sobre la cama y a los pies.

Apagamos la luz y nos dispusimos a intentar dormir. La noche prometía ser muy larga. El frío, el hambre, el miedo y la inquietud nos tenían desvelados. A pesar de estar todos bien juntitos y de la ropa que llevábamos, temblábamos de frío ¿O tal vez no era solo frío? Mi marido y el perro fueron los primeros en dormirse y por los ronquidos de ambos, debían de estar haciéndolo “a pierna suelta”. Mis hijos no paraban de moverse, estaban nerviosos y tardaron un buen rato en dormirse, pero por fin les venció el cansancio y se durmieron. La única que estaba despierta era yo y eso me inquietaba aún más, pues me sentía sola ante el peligro. Sola y “amenizada” con los ronquidos de mi marido y el perro, así como el castañeteo de mis dientes, que no se si debido al frío o al miedo, parecían unas castañuelas viejas.

Había además algo que me preocupaba mucho y que, como parecía que los demás no se habían percatado de ello, me lo había callado, para no asustarles aún más. Esto era que en la pared, detrás de uno de los catres, había un agujero bastante considerable, que dejaba al descubierto un doble tabique y que supuse sería la cámara de aire.

 En las casas muy viejas suele haber ratas entre los tabiques, que incluso se las puede oír correr por las noches y a mi me producía terror que también en esta, al ser tan vieja, las hubiera y por ese agujero se pudieran colar a nuestra habitación.
Esa preocupación, aparte de todo lo demás, creo que fue lo que me mantuvo en vela toda la noche. Estaba pendiente de todos los ruidos y como en las casas, sobre todo si son viejas, por las noches suelen crujir las maderas y se oyen toda clase de ruidos, yo estaba aterrada pues todo lo que oía me parecía que eran las ratas y que de un momento a otro entrarían en el dormitorio y las vería corriendo por encima de las camas.

Creo que esa noche fue la peor y la más larga de toda mi vida, se me hizo eterna. Me acordaba de mi casa y de lo bien que podría estar en mi cama y me daban ganas de llorar. Maldecía la hora en que se nos había ocurrido ir a ver el dichoso palacio. Creí que nunca iba a amanecer pero, como es lógico, amaneció y en cuanto vi la luz del nuevo día me levanté y desperté a todos. Como ya estábamos vestidos ni nos aseamos, ya lo haríamos al llegar a nuestra casa.

Víctor muy amablemente nos ofreció desayunar, pero nosotros más amablemente aún rechazamos su ofrecimiento. Estábamos deseando salir de allí.

De camino paramos en una cafetería y un simple café con leche y un bollo, nos supo como el mejor manjar. Mientras desayunábamos, nos pusimos a comentar las peripecias de nuestra estancia en el palacio y con el sol de aquel radiante día y lejos ya de Víctor y de su tétrica morada, las cosas no nos parecían tan inquietantes y hasta nos reímos de nuestros miedos.

Nunca, al regreso de unas vacaciones, habíamos entrado en nuestra casa con la alegría que lo hicimos ese día, cuando llegamos por fin a ella. Era una casa como tantas, pero a todos nos pareció maravillosa. Un verdadero palacio.









6 may. 2011

ASÍ TE AMO


Así te amo
Con un amor dulce y amargo
Doliéndome la ausencia de tus brazos
Huyendo de palabras y silencios
Perdida en la huella de unos pasos

En los fulgores de la luna que en la noche
Ilumina el vacío de mi alcoba
Lejos de recuerdos que se olvidan
Entre suspiros y lágrimas vertidas
En la añoranza de besos y caricias

Así te amo
Con ansia y con desespero
Con rabia con furia y con celos
Con este volcán ardiente
Que lucha por salir del pecho
Y me está abrasando el alma
Con mi cuerpo de mujer
Que busca en tu cuerpo la calma



30 abr. 2011

EL DIARIO


Un sueño ha quedado atrapado
Entre las hojas de un libro
Un libro viejo y ajado
Que junto a flores resecas
Y de su dueño olvidado
Llora en un viejo desván
Su floreciente pasado

Entre sus hojas guardaba
Cual pétalos de una flor
Los sueños de un corazón
Que de amores suspiraba
Sueños que el alma portaba
De juventud coronados
Y que el libro custodiaba
Con ardor desmesurado

De aquellos sueños que un día
Dieron al libro esplendor
Uno no más ha quedado
Para gloria de su autor

Un sueño que entre las hojas
Rotas y desgastadas
Aún deslumbra su fulgor
El sueño de aquel amante
Que vivió un gran amor
Y aunque ahora el libro está
Postergado en un rincón
Sigue brillando aquel sueño
Que un día le cautivó
Sigue brillando aquel sueño
Que escondido entre sus hojas
Alguien un día dejó

21 abr. 2011

JESÚS DE NAZARET


Con la cruz sobre los hombros
Y la faz ensangrentada
Camina Jesús despacio
Hacia una muerte anunciada

Al calvario se dirige
Flagelado y dolorido
Van a clavarlo en la cruz
Sin tener ningún motivo

Por tres veces se ha caído
Y otras tres se ha levantado
Cuanta tristeza en sus ojos
Cuando a su madre ha mirado

Ya le han clavado en la cruz
Ya le han ajusticiado
Y cual si fuera un ladrón
Entre dos le han colocado

Todo está consumado
La predicción se ha cumplido
Ha muerto el hijo de Dios
Sobre un madero clavado
Con el perdón en los labios
Para aquellos que le han matado

El cielo se ha desgarrado
El sol no quiere alumbrar
El estallido de un trueno
Hace la tierra temblar
Y una oscura y fría niebla
Va cubriendo la ciudad

Buen Jesús de Nazaret
Tu sacrificio fue grande
Por los hombres fuiste hombre
Y al verdugo te entregaste
Por los hombres fuiste hombre
Y por ellos te inmolaste

Es por eso que hoy los hombres
Recordamos tu pasión
Es por eso que hoy los hombres
Glorificamos Tu nombre
Y pedimos Tu perdón

20 abr. 2011

CANTA GUITARRA


Canta guitarra canta
Guitarra canta conmigo

Que tus finas cuerdas vibren
Al compás de mis latidos
Rasgando tu sonido el aire
Y ocultando mis suspiros
Que te acaricien las manos
Del poeta que ha nacido
Entre lágrimas de gloria
Y pétalos de martirio

Que se engalanen de arpegios
Los sueños que no envejecen
Con nostalgias de unos besos
Que de tus cuerdas emergen
Que tu voz no calle nunca
Iluminando los miedos
Con miradas que se truncan
Bajo el azul de los cielos

Que se enreden en tus notas
Los versos que nacen al alba
Tejidos con hebras rotas
Donde la noche se alarga
Que vuelen acordes sentidos
Entre nubes de asonancia
Liberando anhelos cautivos
En las ausencias del alma

Canta guitarra canta
Guitarra canta conmigo

9 abr. 2011

SIENTO


Siento tu mirada en la mía
Y me estremezco
Siento tus manos recorrer mi cuerpo
Y de deseo tiemblo
Siento el sabor de tus besos
Que se funden en mi boca
Y siento tu cuerpo viril
Que me enerva y me provoca

Siento el calor de tu aliento
Envolviéndome la piel
Tu sudor mezclándose al mío
Oliendo a romero y a miel

Siento tu cálida voz
Acariciándome el alma
Tu pecho apretado al mío
Tu ser dentro de mi ser
Mi gemir y tus suspiros
En éxtasis de placer
Y siento que tú eres mi hombre
Y que yo soy tu mujer


3 abr. 2011

HACIA LA LUZ


Sé que mi vida algún día
Será pasto del olvido
Que se borrarán las huellas
Que dejé por los caminos
Que solo quedara la esencia
De estos versos que hoy escribo
Sueños y anhelos del alma
Que mañana se habrán perdido

Sé que mi vida algún día
Dejará la oscuridad
Y libre como una alondra
Y sin mirar hacia atrás
Por estelas luminosas
Hacia la luz volará

Descansará en las estrellas
Desnudando su agonía
Y abrazando a la más bella
Entonará junto a ella
Una dulce melodía

Sé que mi vida algún día
Alcanzará la verdad
Despojada de miserias
Por estelas luminosas
Hacia la luz volará

27 mar. 2011

DESATINO


Puedo odiar y amar al mismo tiempo
Llorar y reír entre visos de tormento
Estrangulando estúpidos anhelos
A manos de un sutil resentimiento

Puedo sentir que ya no siento
Que mi barco navega a la deriva
Empujado solamente por el viento
Que soy pájaro de espíritu quebrado
Volando sin saber siquiera el rumbo
Tras los sueños que yacen enterrados
En un estercolero que se dice mundo

Puedo ser lo que ya soy y no quisiera
Y me encuentro junto a tanto desatino
Atrapada en una jungla y entre fieras
Tratando de escapar de mi destino


20 mar. 2011

CUANDO NACE LA PRIMAVERA



Despierta la mañana indecisa
Con su mágica luz alborotada
El viento le ha robado una sonrisa
De guirnaldas azules y doradas

Vibran errantes las estrellas
Que al alba se niegan a morir
Con fulgores que el cielo sella
Se esconden entre nubes de marfil

El sol se levanta jubiloso
Desbaratando las sombras
Y llevando por el valle su alegría
El aire retozón y melodioso
Juguetea en la colina

Dulces aromas y fragancias
Envuelven suavemente los sentidos
Y entre las ramas de acacias
Gorjean alegres los pajarillos

La luz indolente serpentea
Tejiendo sinfonías de color
Pintando de armonía los silencios
Bajo un cielo radiante de esplendor

Las aves el paisaje reconstruyen
Y las flores recrean su arrogancia
Entre aromas y colores fluyen
Estampas impregnadas de nostalgia

5 mar. 2011

LA NIÑA DE PIEL CANELA


Apoyada en la ventana
La niña de piel canela
La tristeza desgranaba
Mil estrellitas de plata
Sus cabellos adornaban

Arriba La luna blanca
Bordando la noche de calma
Abajo la pena negra
Llenando de sombras el alma

Con resquicios de ternura
El silencio se acercaba
Recogiendo con lisura
Los suspiros que la niña
Al viento los arrojaba

Arriba la luna blanca
Tapizando de luz su andadura
Abajo la pena negra
Maldiciendo su amargura

La niña de piel canela
Suavemente sollozaba
Y entre suspiros y llantos
Llegaba la madrugada

18 feb. 2011

UNA DUDA (Mis charlas con D. Manuel)



Una vez más D. Manuel
Vengo a Vd. Con una duda
Esperando de su cordura
Me la pueda resolver

Quisiera que me explicara
Si lo sabe querido amigo
Por qué cuando alguien la palma
Aunque sea un corrompido
Embustero y malandrín
Y mas malo que caín
De él solo cuentan bondades
Y olvidando sus maldades
Le suben a los altares
En peana de marfil

Pienso que al hombre, tal vez
Como a cierto queso le ocurre
Que cuando la tierra lo cubre
Mejora su calidad
Y gana en exquisitez
Convirtiéndose en algo especial
Para el mas exigente gourmet
Y de ahi que cuando la palma
Aunque sea pariente de satanás
Por obra y gracia de la humanidad
Pasa a engrosar las filas
Del insigne santoral

Así mismo he venido a pensar
Que ese trato tan especial
De cariño desmedido
Que al que se ha ido le dan
Aún no siendo merecido
Es consecuencia del miedo
Por aquello de que nadie sabe
De los que mueren que ha sido


Y si dicen que los buenos
Al cielo con Dios se van
Y los malos al infierno
Con ese de cuernos y rabo
Que nombrarlo miedo me da
Quizá teman que esos malos
Que se cuecen en las brasas
Puedan venir de soslayo
Y los lleven de la mano
A ocupar también su plaza

O quieran , tal vez, D. Manuel
Estar a bien con los muertos
Con los buenos…por supuesto
Y con los malos también
Pues si en vida eran dañinos
Ya difuntos, colegas y amigos
Del llamado lucifer….
Ni le digo a Vd. D. Manuel
Lo peligrosos que pueden llegar a ser

Por eso yo D. Manuel
Que a la gente cada día
Menos puedo comprender
Creo que Vd que es sabio
Y que donde mira ve
Puede llegar a explicarme
De este comportamiento el por qué

Pero sea la razón cual sea
Nada podemos hacer
Y siendo a mi aforismo fiel
Una vez más yo diré
¡Vivir para ver D Manuel!