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29 may. 2011

EL TEATRO DE MUNDO


Los ojos tiene cansados
De tanto mirar la vida
Observando del mundo el teatro
Entre tramoyas y bambalinas

Ha tiempo también él fue
Actor de este gran teatro
Unas veces en comedias
De galán almibarado
Y otras en duras tragedias
De dramatismo desorbitado
Y algunas veces hacía
El papel de un hombre malo

Ya la edad le ha retirado
De las tablas y los escenarios
Ahora observa entre telones
Y gastados decorados
Recordando con nostalgia
Aquellos años dorados

El gran teatro del mundo
No ha dejado de girar
Pero él ha cumplido su ciclo
Ya está en la recta final
No mas le queda un papel
Difícil de representar
El papel del adiós a la vida
Que tranquilo entre bambalinas
Aguardando está el momento
De poderlo interpretar


13 may. 2011

UNA NOCHE EN PALACIO

Hacía frío y unos negros nubarrones en el cielo, presagiaban tormenta. Regresábamos de las vacaciones de semana santa y tanto mis hijos como yo, con el calorcillo del coche, íbamos adormecidos (incluso el perrito dormía plácidamente en el regazo de uno de mis hijos), mientras mi marido conducía en silencio. ¡Hombre este es el pueblo de mi amigo! dijo de pronto mi marido sobresaltándonos. ¿De qué amigo hablas? Le pregunté yo medio somnolienta. De mi amigo Víctor, me contestó, que hace tiempo me encontré con él, siguió diciendo mi marido, y me comentó que había comprado un palacio en un pueblo del que había olvidado su nombre pero ahora, al verlo, lo he recordado. ¡Anda ya!, un palacio, tu amigo sueña, le dije yo.

El famoso amigo Víctor, era un amigo de la familia al que mi marido conocía desde niño. Aunque éste era de bastante más edad, había hecho una gran amistad con él debido, principalmente, a que el tal Víctor era un hombre muy ilustrado y con una muy bien surtida biblioteca en la que mi marido, que ya desde niño era un apasionado de la lectura, solía gustarle mucho estar.

Yo con Víctor solo había hablado un par de veces, pero me había dado la impresión de que era un poco excéntrico o no estaba muy bien de la cabeza. Así se lo había comentado a mi marido en más de una ocasión. No lo creas, me decía, lo que ocurre es que es un sabio y, como todos los sabios, vive en otro mundo. Por eso, cuando mi marido dijo lo del palacio, di por hecho que era una de sus locuras o excentricidades. ¡Cómo iba a comprarse un palacio!

Vamos a hacerle una visita y así veremos si es cierto lo del palacio, volvió a decir mi marido. A mí, la verdad, no me hacía ninguna gracia ir a visitarle. Cuando le conocí no me resultó grato y a pesar de que mi marido decía que era una bella persona, me producía una especie de temor, le encontraba algo siniestro. A mis hijos les encantó la idea de ir a ver el palacio y como yo estaba en minoría, no me quedó otra que acatar el deseo de la mayoría.

Según le había dicho Víctor a mi marido, el palacio se llamaba “Palacio las Acacias” y preguntando a unas personas del pueblo, llegamos a él. En realidad, más que un palacio, parecía una casona grande y vieja. No tenía nada de jardín y no sé de donde le vendría el nombre, pues no había ni una sola acacia a su alrededor. Estaba situado en un alto y a mi me vino a la memoria la casa de la película“psicosis”.

La puerta, grande y llena de herrajes, tenía una aldaba enorme en forma de mano. A nuestra llamada salió Víctor y la verdad es que, no se si real o fingido, nos recibió con gran entusiasmo. Salía un poco encorvado y frotándose las manos (quizá por el frío) y con una sonrisa de oreja a oreja. Al verle me dio un escalofrío, pues su imagen me recordó a la bruja del cuento “La casita de chocolate” cuando recibía a Hánsel y Grétel sonriente y frotándose las manos, pensando en el festín que se iba a dar con los niños.
Si hubiera dependido sólo de mí, hubiéramos hecho una “visita de médico” y luego para casa, pero Víctor nos pidió que nos quedáramos hasta el día siguiente y a mi marido que no le apetecía conducir de noche y a mis hijos que todo lo que fuera novedad les encantaba, les pareció una buena idea y como yo, nuevamente, estaba en minoría, tuve que resignarme.

Víctor no estaba casado y a pesar de tener familia vivía solo. Aún siendo, supongo, muy feliz en su soledad, de vez en cuando quizá le agradase recibir alguna visita, aunque sólo fuera para reafirmarse en esa soledad y, cuando se iban las visitas, volver a disfrutar de la misma, ya que era un lobo solitario. Posiblemente de ahí su alegría al vernos.

La casona por dentro ya no era tal casona. Efectivamente tenía el aspecto de un palacio. La entrada era enorme, parecía una pista de baile con columnas y unas grandes escaleras a los lados, que confluían en el primer piso con una especie de hall, frente al cual había un gran salón. De los lados derecho e izquierdo del hall partían dos anchos y largos pasillos que daban acceso a las habitaciones. Había otro piso más, pero las escaleras estaban medio rotas y malamente se podía acceder a él. A pesar de que sí tenía el aspecto de un palacio y puede que en otro tiempo luciera en todo su esplendor, en aquel momento era una ruina. Desde luego vivir allí, en mi opinión, resultaba totalmente desolador y mucho más para una persona sola, pero a Víctor se le veía muy feliz en su enorme y deprimente morada.

Después de un breve recorrido por todas las dependencias del primer piso, pues al segundo, debido al mal estado de las escaleras, no accedimos, nos llevó a un saloncito donde tenía montado una especie de despacho. Había estudiado farmacia y de joven había trabajado como farmacéutico. Ya jubilado, se había dedicado a investigar las alternativas a los medicamentos convencionales, tales como medicina natural y homeopatía y en esa especie de despacho es donde tenía su “parafarmacia”.

Llevábamos allí un buen rato conversando, bueno a decir verdad los que conversaban eran mi marido y Víctor, pues yo me limitaba a escuchar sin demasiado interés y mis hijos a curiosear por la estancia cuando, tal como ya venían anunciando las nubes, se desató una fuerte tormenta, con gran aparato eléctrico y mucho viento. Como el saloncito donde estábamos reunidos, para no desentonar con el resto del palacio, tenía la ventana rota, empezó a entrar por ella una gran cantidad de agua que unido al fuerte viento llegaba hasta el centro de la habitación. Víctor intentó cubrir la ventana con un trozo de plástico que ya tenía preparado para tal fin, lo que consiguió con gran esfuerzo y a riesgo, para regocijo de mis hijos, de pegarse un talegazo, pues la ventana estaba bastante alta y él tuvo que subirse a una, al igual que toda la casa, destartalada escalera.

Por fin llegó la hora de cenar y digo por fin, porque la velada se me estaba haciendo interminable y deseaba cenar e irnos a dormir y que llegara pronto el día siguiente para marcharnos de allí. No sabía entonces que la noche iba a ser aún más interminable.

Nos llevó a una enorme cocina, vieja y desangelada, y la más sucia cocina que ni en mi peor pesadilla hubiera podido imaginar y donde yo, que para eso soy mujer, tenía que preparar la cena de todos. Preparar la cena es mucho decir. Me indicó un armario que, según él, estaba repleto de viandas. Efectivamente había muchas cosas. Latas de conservas, refrescos, legumbres, galletas, leche, aceite, azúcar, etc. etc., pero tenía todo tan mal aspecto, que me puse a buscar con mucha cautela por ver si había algo en buenas condiciones.

Las latas todas estaban oxidadas y abultadas, lo que las hacia inutilizables, a riesgo de acabar con botulismo. Las galletas las suponía revenidas pues todas las cajas estaban caducadas y lo mismo la leche, el aceite y otra serie de productos. Me dio vergüenza decirle que todo estaba en mal estado y le dije que normalmente cenábamos muy poco, que con unos huevos, si es que tenía, nos arreglaríamos. De todas formas el aspecto de aquella cocina era un antídoto para el apetito pero, sobre todo pensando en mis hijos, algo había que preparar.

Por suerte tenía huevos y además frescos pues, parece ser, que se los llevaban, todas las semanas, unos aldeanos del pueblo. Como para él cenar solo huevos no era suficiente, se preparó una coliflor, que la echó a cocer tal cual, sin lavarla y sin quitarle ni hojas ni troncho.

A partir de aquel momento empecé a creer firmemente en las bondades de la medicina natural porque si ese hombre preparándose las comidas con tanta falta de higiene y comiendo aquellos productos que tenía en el armario, aún seguía “vivito y coleando”, es que la medicina natural, que seguramente él utilizaba para sí mismo, hacía milagros.

Después de esa “esplendida” cena, decidimos irnos a dormir. Nos llevó a una habitación muy grande, con varios catres dispersos por ella, donde dormiríamos todos, cosa que agradecimos, pues preferíamos dormir todos juntos. Nos dio las buenas noches y se retiró a sus “aposentos”, no sin antes advertirnos que el perro no podía subir a las camas, tenía que dormir en el suelo. ¿Tendría miedo a que se las estropeara?

Aún no nos habíamos quitado los abrigos, incluso habíamos cenado con ellos, pues hacia un frío de mil demonios. Casi todas las habitaciones tenían chimenea, pero estaban apagadas, seguro que no funcionaba ninguna y no había ni un solo radiador en toda la casa, por lo que ésta estaba helada. Decidimos que, para combatir el frío, lo mejor sería unir las camas para dormir todos juntos, así como no quitarnos la ropa y meternos a la cama con ella puesta. Conformes con esta decisión, dejamos las camas preparadas y fuimos todos juntos, incluido el perro (nos sentíamos más seguros todos juntos), al cuarto de baño para lavarnos los dientes y hacer un pis antes de acostarnos

El cuarto de baño, como casi todas las dependencias, era muy amplio y, aunque ya habíamos estado en él al poco de llegar, no nos habíamos fijado que tenía en el suelo manchas rojas como de pintura.

Mis hijos, que les encantaban las películas de terror y eran muy imaginativos y truculentos, empezaron a decir que era sangre reseca, que habían visto en los cajones de la cocina unos cuchillos enormes y que Víctor podía ser un sicópata. Todo era broma, ellos lo sabían y yo también, pero el ambiente de la casa propiciaba a imaginar esas cosas y hasta llegar a creerlas. Total que empezó a entrarnos miedo, tanto así que mi marido tuvo que intervenir para zanjar la cuestión y devolvernos la cordura algo que, aunque disimulamos, no consiguió del todo.

Volvimos al dormitorio y tal como habíamos decidido, sin quitarnos la ropa, salvo el abrigo y los zapatos, nos metimos todos juntos en las camas. Mi marido y yo en los extremos, los niños en medio y al perro, que por supuesto no íbamos a dejar que durmiera en el frío suelo de piedra, lo pusimos sobre la cama y a los pies.

Apagamos la luz y nos dispusimos a intentar dormir. La noche prometía ser muy larga. El frío, el hambre, el miedo y la inquietud nos tenían desvelados. A pesar de estar todos bien juntitos y de la ropa que llevábamos, temblábamos de frío ¿O tal vez no era solo frío? Mi marido y el perro fueron los primeros en dormirse y por los ronquidos de ambos, debían de estar haciéndolo “a pierna suelta”. Mis hijos no paraban de moverse, estaban nerviosos y tardaron un buen rato en dormirse, pero por fin les venció el cansancio y se durmieron. La única que estaba despierta era yo y eso me inquietaba aún más, pues me sentía sola ante el peligro. Sola y “amenizada” con los ronquidos de mi marido y el perro, así como el castañeteo de mis dientes, que no se si debido al frío o al miedo, parecían unas castañuelas viejas.

Había además algo que me preocupaba mucho y que, como parecía que los demás no se habían percatado de ello, me lo había callado, para no asustarles aún más. Esto era que en la pared, detrás de uno de los catres, había un agujero bastante considerable, que dejaba al descubierto un doble tabique y que supuse sería la cámara de aire.

 En las casas muy viejas suele haber ratas entre los tabiques, que incluso se las puede oír correr por las noches y a mi me producía terror que también en esta, al ser tan vieja, las hubiera y por ese agujero se pudieran colar a nuestra habitación.
Esa preocupación, aparte de todo lo demás, creo que fue lo que me mantuvo en vela toda la noche. Estaba pendiente de todos los ruidos y como en las casas, sobre todo si son viejas, por las noches suelen crujir las maderas y se oyen toda clase de ruidos, yo estaba aterrada pues todo lo que oía me parecía que eran las ratas y que de un momento a otro entrarían en el dormitorio y las vería corriendo por encima de las camas.

Creo que esa noche fue la peor y la más larga de toda mi vida, se me hizo eterna. Me acordaba de mi casa y de lo bien que podría estar en mi cama y me daban ganas de llorar. Maldecía la hora en que se nos había ocurrido ir a ver el dichoso palacio. Creí que nunca iba a amanecer pero, como es lógico, amaneció y en cuanto vi la luz del nuevo día me levanté y desperté a todos. Como ya estábamos vestidos ni nos aseamos, ya lo haríamos al llegar a nuestra casa.

Víctor muy amablemente nos ofreció desayunar, pero nosotros más amablemente aún rechazamos su ofrecimiento. Estábamos deseando salir de allí.

De camino paramos en una cafetería y un simple café con leche y un bollo, nos supo como el mejor manjar. Mientras desayunábamos, nos pusimos a comentar las peripecias de nuestra estancia en el palacio y con el sol de aquel radiante día y lejos ya de Víctor y de su tétrica morada, las cosas no nos parecían tan inquietantes y hasta nos reímos de nuestros miedos.

Nunca, al regreso de unas vacaciones, habíamos entrado en nuestra casa con la alegría que lo hicimos ese día, cuando llegamos por fin a ella. Era una casa como tantas, pero a todos nos pareció maravillosa. Un verdadero palacio.









6 may. 2011

ASÍ TE AMO


Así te amo
Con un amor dulce y amargo
Doliéndome la ausencia de tus brazos
Huyendo de palabras y silencios
Perdida en la huella de unos pasos

En los fulgores de la luna que en la noche
Ilumina el vacío de mi alcoba
Lejos de recuerdos que se olvidan
Entre suspiros y lágrimas vertidas
En la añoranza de besos y caricias

Así te amo
Con ansia y con desespero
Con rabia con furia y con celos
Con este volcán ardiente
Que lucha por salir del pecho
Y me está abrasando el alma
Con mi cuerpo de mujer
Que busca en tu cuerpo la calma