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19 ago. 2011

LA ACAMPADA (Pero no la de la Puerta del Sol)

¡Arriba Elenita! voceaba mi madre entrando en mi habitación, a la vez que abría las persianas para que entrara la luz del día. Tan entusiasmada que estabas esperando este día, seguía diciendo mi madre, y resulta que se te han pegado las sábanas. Era cierto, había estado toda la semana soñando con este día y la emoción me había tenido parte de la noche en vela y debido a eso, ahora, a pesar de mi entusiasmo, me costaba levantarme de la cama.

Íbamos a ir de acampada y aunque era una acampada familiar estaba muy emocionada, pues eso de dormir al aire libre, en una tienda de campaña, me parecía algo maravilloso y muy excitante. Éramos tres familias las que íbamos a participar en la acampada. Una sin hijos, otra con dos hijos, mis primos, y la tercera mis padres y yo, pues mi hermana iba a pasar esos días en el pueblo con mis abuelos.

Por fin salí de la cama, me asee, me vestí, desayuné y me puse a leer un tebeo a la espera de que llegara uno de mis tíos para llevarnos en su coche, ya que nosotros no teníamos. Al cabo de un rato que, a pesar del tebeo, se me hizo eterno, llegó mi tío. Cargamos todos los bultos en el coche y después de que mi madre comprobara que no quedaba ninguna luz encendida, que las fuentes estaban todas cerradas y que la puerta quedaba bien atrancada con sus dos vueltas de llave, subimos al coche y salimos camino a la aventura, que era como yo lo veía.

El viaje no fue muy grato para mi, mejor dicho nada grato, pues la carretera, que gozaba de un paisaje precioso y del que yo no pude disfrutar, tenía infinidad de curvas lo que hizo que a mi se me revolviera el estomago y lo pasara bastante mal.
Di gracias a Dios cuando por fin llegamos y salí rápidamente del coche y entre la vista tan magnifica que tenía delante de mis ojos y el aire fresco del mar que me daba en la cara, se me pasó el mareo y me olvidé totalmente de lo mal que me encontraba.
Sí he dicho bien, el aire fresco del mar, porque la acampada era en una playa, aunque no sobre la arena, sino sobre una campa que había junto a la playa. Una campa repleta de arboles y helechos y lugar ideal para montar las tiendas de campaña.
La playa era una playa inmensa y con muchas dunas que eso unido a que estaba solitaria, pues solo se llenaba de gente los domingos, le daba un aspecto misterioso y salvaje que me entusiasmó e hizo correr mi imaginación hasta el punto de que empecé a soñar con que éramos los nuevos Robinson.

Mientras los hombres montaban las tiendas y las mujeres se encargaban de buscar el mejor sitio para colocar las mesas y organizar la comida, me fui junto con mis primos (un chico y una chica, algo mayores que yo) a inspeccionar “la isla”, que era como yo quería imaginarla. Una isla con playa y vegetación, como la de Robinson, o al menos yo quería verla así. Hasta me topé con un árbol enorme, al que me hubiera gustado trepar, algo que se me daba muy bien, soñando con que allí estaba la casa de Robinson.

Después de una suculenta comida, acompañada por hormigas y toda clase de insectos, mis primos y yo seguimos recorriendo e inspeccionando “la isla” y cuando ya empezaba a anochecer volvimos al campamento, cansados pero felices. Después de cenar, nos mandaron a los niños a la cama y los mayores se quedaron de amenizada tertulia. A pesar de que el sonido del mar era el mejor arrullo para dormir, a mi me costó coger el sueño. Tantas emociones me tenían muy alterada.

A la mañana siguiente desperté temprano. La lona de la tienda, que era de una calidad muy corriente, dejaba pasar la luz del sol de aquel radiante día, lo que hacía imposible seguir durmiendo.

De todas formas estaba ansiosa por levantarme. Quería seguir explorando la playa y en cuanto desayunamos nos fuimos los tres a descubrir los misterios que, según mi mente fantasiosa y calenturienta, esperaba encontrar.

La playa era muy larga y aunque llevábamos un buen rato caminando por ella, no habíamos visto, con gran decepción por mi parte, nada digno de interés. Mirar, allí hay algo, dijo de pronto mi primo señalando hacia la lejanía. Parece una cabaña, dije yo, igual es la casa de Robinson, seguí diciendo muy animada. A mis 13 años no era tan simple como para creer realmente eso, solamente era un juego, pero en el que me metía tan de lleno que lo vivía como si fuera realidad. Vamos a inspeccionar, volvió a decir mi primo y los tres nos dirigimos hacia lo que parecía una cabaña.

No era exactamente una cabaña, era más bien una especie de choza abierta, quizá un refugio para protegerse del sol y estaba hecha con tablas y ramas de helechos, que por aquella zona había muchos. Vimos que alguien la estaba utilizando, pues había una mesa y un banco construidos, de forma rústica, con las mismas tablas que cubrían la choza, así como algunos periódicos y latas vacías, esparcidos por el suelo. Nos pusimos a curiosear y de pronto nos sobresalto una voz a nuestra espalda, ¡qué hacéis aquí! Mis primos no se pararon a ver de quien era esa voz, salieron corriendo, pero yo me di la vuelta y me quedé quieta contemplando al hombre que tenía frente a mí. Era un hombre que me pareció muy mayor, aunque quizá no lo fuera tanto. Llevaba barba y su aspecto era desaliñado y sucio, pero no me producía temor. Su voz no era recriminatoria, más bien parecía triste o resignada y su cara, a pesar de su barba y su aspecto desaliñado, no infundía temor. Tenía una mirada profunda pero limpia y noble y se quedó fijo mirándome de una forma que no sabría explicar, pero que me impresionó. Me miraba con ternura y como si me conociera, como si no fuera la primera vez que me veía.

A una distancia prudencial mis primos observaban la escena y a voz en grito me llamaban. Después de un tiempo de mutua contemplación, sin mediar palabra, tranquilamente me alejé de allí.

Mis primos estaban exaltadísimos y me recriminaban por no haber salido corriendo como ellos y aunque yo estaba la mar de tranquila y segura de que ese hombre no era peligroso, decidimos no contar nada a nuestros padres, por miedo a que nos prohibieran ir solos a la playa.

El resto del día lo pasamos divirtiéndonos de mil maneras y sin hacer la mínima alusión al incidente de la mañana, aunque yo no podía quitar de mi mente la mirada de aquel hombre y la idea de volver a verle.

El nuevo día, al igual que el anterior, salió radiante y nosotros, después de desayunar, volvimos a la playa. Acerquémonos hasta la choza, les dije yo, ni hablar, contestó mi prima, pero a mi primo también le picaba el gusanillo de la curiosidad y se prestó a acompañarme. Mi prima por no quedarse sola, se unió a nosotros.
Ya de lejos le vimos, estaba sentando en el banco y parecía contemplar el mar. Yo apresuré el paso al contrario que mis primos, que se iban quedando rezagados. Cuando estuve frente a él, que seguía ensimismado mirando el mar y no se percato de mi presencia, le saludé con un escueto hola. El me miró y sin sorprenderse (parecía que esperaba mi visita) me saludo muy sonriente. ¿Te gustan las caracolas? me dijo. Ante mi afirmación se levantó y de una bolsa que tenía en el suelo, sacó una caracola y me la entregó. Es muy bonita, le dije. A mi hija también le gustaban, me dijo. ¿Tiene una hija? Le pregunté. Tenía, pero ya no la tengo. Volvió a quedarse ensimismado mirando al mar y yo dándole las gracias salí corriendo a reunirme con mis primos. No quise preguntarle más sobre su hija porque por el tono de su voz intuí que ésta había muerto.

Estuve así varios días, yendo a visitar al hombre de la choza, como le llamábamos. Mis primos me acompañaban pero no se acercaban. Siempre la misma rutina. Él me saludaba y me miraba con esa su inexplicable mirada, luego me hacía un sitio en el banco y yo me sentaba a su lado. Se quedaba ensimismado, con la vista perdida en el mar y yo en silencio, mirándole de reojo, esperando la caracola que todos los días me daba. Ni siquiera me había preguntado mi nombre, pero creo que le gustaba verme. Me entregaba la caracola, yo le daba las gracias y me iba.

Mis primos no entendían mi interés por ir todos los días a ver a ese hombre y ni yo misma lo entendía. El morbo por el misterio que parecía rodearle, o tal vez aquella mirada que no sabía descifrar, pero algo había que me empujaba a la choza y aunque a mis primos no les hacía ninguna gracia ir, por no dejarme sola, me acompañaban.

Una mañana, al igual que todas, fui a visitarle y no estaba, pero sobre la mesa vi un paquetito que ponía “para la niña de los ojos claros”, que di por hecho se refería a mí. Lo abrí y era una pulsera de metal blanco, bastante estropeada. Junto con la pulsera había una nota. Esta pulsera la he encontrado en la playa, a mi hija le hubiera gustado, espero que a ti también te guste. No era una pulsera bonita y no parecía tener ningún valor pero, no sé por qué, me sentí emocionada, emocionada y asombrada porque la nota estaba escrita con una letra muy clara y bella, propia de alguien con estudios, que no compaginaba con el hombre sucio y desaliñado que conocíamos.
Cuando llegamos al campamento me creí en el deber de contar a mis padres lo del hombre de la choza y, como ya suponía, mi madre puso el grito en el cielo y me prohibió volver a verle.

Tal como me había ordenado mi madre, dejé de frecuentar la choza, pero no podía quitarme de la cabeza aquel harapiento, de mirada melancólica y dulce.

Un día en la playa le vimos, se dirigía hacia la choza. Caminaba un poco encorvado y muy lento, pero estaba distinto, mas aseado y arreglado y su cara parecía menos triste, aunque seguía teniendo el mismo aire de ensimismado. Me quedé fija mirándole y como si hubiera detectado mi mirada, se volvió de pronto y al verme me dedicó una tímida sonrisa a la vez que me saludaba con la mano. Esa fue la última vez que le vimos.

El tiempo empezó a cambiar y decidimos levantar el campamento y regresar a nuestras casas. Yo no quería irme sin despedirme del hombre de la choza y sin decir nada a nadie, el mismo día de nuestra partida, mientras todos recogían las tiendas y los bártulos, dije que iba a dar mi último paseo por la playa y me acerqué hasta la choza.
Al igual que la última vez la encontré vacía pero, sobre la mesa, había una caracola enorme y debajo de ella una nota, que decía más o menos lo siguiente: “Niña de los ojos claros, no sé si vendrás a recoger tu caracola, pero si lo haces quiero que sepas que has traído un rayo de luz a mi vida. Hace tanto tiempo que se fue mi hija, que ya no podía recordar sus ojos y eso me dolía, pero en los tuyos los he visto y me han dado mucha paz. Ahora puedo recordarlos. Que Dios te bendiga”. Cogí la caracola y dejé, sujeto con una de las  latas vacías que había en el suelo de la choza, el mensaje de despedida, que llevaba preparado por si no le encontraba. “Hoy nos vamos para casa pero no quiero irme sin despedirme y darle las gracias por la pulsera y las caracolas, que guardaré con mucho cariño”. Después de leer su mensaje, el mío resultaba un poco insulso.

Lentamente me fui alejando de la choza tratando de esconder unas lágrimas, que no sabía por qué, estaban a punto de brotar. No conocía a ese hombre, nada me unía a él y sin embargo me sentía acongojada.

No quise que mis padres me vieran en ese estado y traté de hacer tiempo, para ir calmándome, yendo a un kiosco cercano a la playa, donde vendían todo tipo de chucherías. Mientras echaba una ojeada, buscando algo que me apeteciera, se me ocurrió preguntarle a la dueña del local si conocía a un mendigo que solía estar en la playa y le di las características físicas del mismo. Claro que le conozco, me dijo, se llama Roberto y es un pobre hombre que no está bien de la cabeza pero no es un mendigo, solo que le gusta ir como tal. Yo le seguí diciendo…no sé si hablamos de la misma persona, este hombre tuvo una hija que se le murió siendo aún niña, una hija que debía de tener los ojos claros. La kiosquera se echó a reír y me dijo… ¿eso es lo que te ha contado verdad? Pues no le creas, se lo cuenta a todo el que le quiere oír. Nunca ha estado casado ni por supuesto ha tenido una hija, aunque él parece que se lo ha llegado a creer. Roberto, siguió diciendo la mujer, es nacido en este pueblo y de joven fue un alto cargo en una importante empresa. Era muy inteligente, tanto que creo se le paso la rosca y ahora ya no rige bien, pero es un buen hombre, no es peligroso.

Me fui del kiosco como si me hubieran echado un jarro de agua fría. Que decepción, yo que me creía la protagonista de una tierna historia, el punto de enlace entre un hombre y su hija muerta y resulta que solo había sido la fantasía de un enajenado. Aquella mirada tan enigmática que no sabía descifrar, pero que quería creer significaba algo especial, era solo la mirada de un alucinado. Ahora también tenía ganas de llorar, pero de decepción y rabia. Pensaba en los sentimientos que me había inspirado el hombre de la choza y me sentía ridícula. ¡Qué tonta había sido!

Cuando llegué al campamento éste ya no era tal. Las tiendas estaban recogidas y todo empaquetado a la espera de salir hacia nuestros domicilios. Mis primos, que sospechaban mi visita al hombre de la choza, al verme llegar con cara compungida me abordaron y me bombardearon a preguntas. Sin pronunciar palabra, les di la nota que me había dejado con la caracola y ellos dieron por supuesto, que mi estado de ánimo era debido a lo que ponía en ella. Pensé que no tenía por qué sacarles de su error, era una tierna y bella historia, que no tenía que echarse a perder por mi indiscreción, al intentar indagar sobre el hombre de la choza. Decidí que lo mejor era olvidar la segunda parte de la historia, pues de no haber ido al kiosco nunca la hubiera sabido. Tenía un bello recuerdo de esta acampada y además algo muy interesante para contar a mis amigas cuando comenzara de nuevo el colegio, así como unas caracolas preciosas que estaba deseando enseñar. No había razón para que eso cambiara.

Muy animada con este pensamiento subí al coche de mi tío, que nos llevaría de regreso a casa. Esta vez el viaje resulto mucho más grato. Mi madre había comprado pastillas para el mareo, lo que hizo que no me sintiera mal y pudiera admirar el maravilloso paisaje. Me sentía feliz, había disfrutado de una magnífica acampada, llevaba una bonita historia para contar y tenía unas grandes y bellas caracolas. La vida me sonreía, ¿qué más podía pedir?.