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19 ago. 2011

LA ACAMPADA (Pero no la de la Puerta del Sol)


 LA ACAMPADA

    -¡Arriba Patricia! -voceó su madre entrando en el dormitorio, a la vez que abría las persianas para que entrara la luz del día. -Normalmente la llamaban Paty, salvo cuando, por alguna circunstancia querían poner más énfasis en el nombre, como era el caso. Tan entusiasmada que estabas esperando este día, -seguía diciendo su madre-, y resulta que se te han pegado las sábanas.  Era cierto, había estado toda la semana soñando con este día y la emoción la había tenido  parte de la noche en vela y debido a ello ahora, a pesar de su entusiasmo, le costaba levantarse de la cama.

    Íban a ir de acampada y aunque era una acampada familiar estaba muy  emocionada, pues eso de dormir al aire libre, en una tienda de campaña, a sus 13 años le parecía algo maravilloso y muy excitante.  Éran tres familias las que íban a participar en la acampada.  Una sin hijos, otra con dos hijos, sus primos, y la tercera ella y sus padres.

    Por fin salió de la cama, se aseo, se vistió, desayunó y se puso a leer un tebeo a la espera de que llegara uno de sus tíos para llevarlos en su coche, ya que ellos no tenían. Al cabo de  un rato que, a pesar del tebeo, se le hizo eterno, llegó su tío.  Cargaron todos los bultos en el coche y después de que su madre comprobara que no quedaba ninguna luz encendida, que las fuentes estaban todas cerradas y que la puerta quedaba bien atrancada con sus dos vueltas de llave, subieron todos al coche y salieron camino a la aventura, que era como ella lo veía.

    El viaje a la niña no le estaba resultando nada grato, pues la carretera, que gozaba de un hermoso paisaje, tenía infinidad de curvas lo que hizo que  se le revolviera el estomago y no pudiera disfrutar del bello panorama.  Cuando por fin llegaron salió rápidamente del coche y entre la maravillosa vista  que tenía delante de sus ojos y el aire fresco del mar que le daba en la cara, se le pasó el mareo y se olvidó totalmente de lo mal que se encontraba. Sí he dicho bien, el aire fresco del mar, porque la acampada era en una playa, aunque no sobre la arena, sino sobre una campa que había al lado.  Una campa repleta de arboles y helechos y lugar ideal para montar las tiendas de campaña.
La playa era inmensa y con muchas dunas que eso unido a que  estaba solitaria, pues solo se llenaba de gente los domingos, le daba un aspecto misterioso y salvaje que a Paty entusiasmó e hizo correr su imaginación hasta el punto de que empezó a soñar con que eran los nuevos Robinson.

    Mientras los hombres montaban las tiendas y las mujeres se encargaban de buscar el mejor sitio para colocar las mesas y organizar la comida, Paty y sus primos (un chico y una chica algo mayores que ella) se fueron a inspeccionar “la isla”, que era como habían empezado a llamarla.  Una isla con playa y vegetación,  como la de Robinson, o al menos así querían verla.  Hasta se toparon con un árbol enorme, al que a Paty  le hubiera gustado trepar, algo que se le daba muy bien, fantaseando con que allí estaba la casa del famoso náufrago.

    Después de una suculenta comida, acompañada por hormigas y toda clase de insectos fueron los tres a recorrer e inspeccionar de nuevo “la isla” y cuando ya empezaba a anochecer regresaron al campamento, cansados pero felices.  La cena, alrededor de una pequeña hoguera, resultó muy grata y al cabo de un rato los niños fueron a dormir a sus respectivas tiendas, mientras los mayores se quedaban de amenizada tertulia.  A pesar de que el sonido del mar era el mejor arrullo para dormir, a Paty  le costó coger el sueño.  Tantas emociones la tenían muy alterada.

    A la mañana siguiente se despertó temprano.  La lona de la tienda, que era de una calidad muy corriente, dejaba pasar la luz del sol de aquel radiante día, lo que hacía imposible seguir durmiendo.  De todas formas estaba ansiosa por levantarse. Quería seguir explorando  la playa y en cuanto desayunaron se fueron los tres a descubrir los misterios que, según sus mentes fantasiosas y calenturientas, esperaban encontrar.

    La playa era muy larga y aunque llevaban un buen rato caminando por ella, no habían visto, con gran decepción por parte de Paty, nada digno de interés. Mirar, allí hay algo, dijo de pronto su primo señalando hacia la lejanía. Parece una cabaña, dijo Paty, igual es la casa de Robinson, siguió  diciendo muy animada. A sus 13 años  no  era tan ingenua como para creer realmente eso, solamente  era un juego, pero en el que se metía  tan de lleno que lo vivía como si fuera realidad.  Vamos a inspeccionar, volvió a decir su primo y los tres se dirigieron hacia lo que parecía una cabaña.

    No era exactamente una cabaña, era más bien  una especie de  choza abierta,  quizá un  refugio para protegerse del sol y estaba hecha con tablas viejas y ramas de helechos, que por aquella zona había muchos. Vieron que alguien la estaba utilizando, pues había una mesa y un banco construidos,  de forma rústica, con las mismas tablas que cubrían la choza, así como algunos periódicos y latas vacías, esparcidos por el suelo.  Se pusieron a curiosear y de pronto les sobresalto una voz a sus espaldas, -¡qué hacéis aquí!- Sus primos no se pararon a ver de quien era esa voz, salieron corriendo, pero Paty tranquilamente se dio la vuelta y se quedé quieta contemplando al hombre que tenía frente a ella. Era un hombre de aspecto mayor, aunque quizá no lo fuera tanto.  Llevaba barba e iba desaliñado y sucio, pero no daba temor.  Su voz no era recriminatoria, más bien parecía triste o resignada y su cara, a pesar de su barba y su aspecto desaliñado, no le produjo desconfianza . Tenía una mirada profunda pero limpia y noble y se quedó fijo  mirando a la niña de una forma extraña, que Paty no supo descifrar, pero que la impresionó.  La miraba  con ternura y como si la conociera, como si no fuera la primera vez que la veía.
A una distancia prudencial sus primos observaban la escena y a voz en grito la llamaban. Después de un tiempo  de mutua contemplación, sin mediar palabra, Paty tranquilamente se alejó de allí.

    Sus primos estaban exaltadísimos y la recriminaban por no haber salido corriendo como ellos y aunque Paty estaba la mar de tranquila y segura de que ese hombre no era peligroso, decidieron no contar nada a sus padres, por miedo a que les prohibieran ir solos a la playa.
El resto del día lo pasaron  divirtiéndose de mil maneras y sin hacer la mínima alusión al incidente de la mañana, aunque Paty no podía quitar de su mente la enigmática mirada de aquel hombre y la idea de volver a verle.

    El nuevo día, al igual que el anterior, salió radiante y los niños,  después de desayunar, fueron nuevamente a la playa. 
-Acerquémonos hasta  la choza, -dijo Paty -ni hablar, -contestó su prima-, pero a su primo también le picaba el gusanillo de la curiosidad y se prestó a acompañarla. Su prima por no quedarse sola, se unió a ellos.
Ya de lejos le vieron. Estaba sentando en el banco y parecía contemplar el mar.  Paty apresuró el paso al contrario que sus primos, que se iban quedando  rezagados.  Cuando estuvo  frente a él, que seguía ensimismado mirando el mar y no se percato de su presencia, le saludó con un escueto –hola-. El la miró y sin sorprenderse (parecía que esperaba su visita)  la  saludo muy sonriente. 
-¿Te gustan las caracolas?  -le dijo-. Ante su afirmación se levantó y de una bolsa que tenía en el suelo, sacó una caracola y se la entregó.
 -Es muy bonita, -le dijo la niña. 
-A mi hija también le gustaban, -contestó el.
-¿Tiene una hija? -pregunto Paty. 
-Tenía, pero ya no la tengo.  Volvió a quedarse ensimismado mirando al mar y la niña dándole las gracias salió corriendo a reunirme con sus primos.  No quiso preguntarle más sobre su  hija pues por el tono de su voz intuyó que ésta había muerto.

    Estuvieron  así varios días, yendo a visitar al hombre de la choza, como le llamaban. Sus primos, aunque la acompañaban,  no se acercaban.  Siempre la misma rutina. Él la saludaba y la miraba con esa su inexplicable mirada, luego le hacía un sitio en el banco y ella se sentaba a su lado. Se quedaba de nuevo ensimismado, con la vista perdida en el mar y  la niña en silencio, mirándole de reojo, esperando la caracola que todos los días le daba.   Ni siquiera le había preguntado a Paty por su nombre, pero  parecía que le gustaba verla. Le entregaba la caracola, ella le daba las gracias y se iba.
Sus primos no entendían ese interés por ir todos los días a ver al hombre de la choza y ni ella misma lo entendía.  El morbo por el misterio que parecía rodearle, o tal vez aquella mirada tan enigmática que no sabía descifrar, pero algo había que la empujaba a la choza   y aunque a sus primos no les hacía ninguna gracia ir, por no dejarla sola, la acompañaban.

    Una mañana, al igual que todas, fueron los tres a la  choza y él no estaba, pero sobre la mesa había un paquetito que ponía “para la niña de los ojos claros”, que  dieron por hecho se refería a Paty ya que ésta así los tenía. Lo abrió y encontró una pulsera de metal blanco, bastante estropeada.  Junto con la pulsera había una nota.  “Esta pulsera la he encontrado en la playa, a mi hija le hubiera gustado, espero que a ti también te guste”.  No era una pulsera bonita y no parecía tener ningún valor pero  sé sintió emocionada, emocionada y asombrada porque la nota estaba escrita con una letra muy clara y bella, propia de alguien con estudios, que no compaginaba con el hombre sucio y desaliñado que conocían.
Cuando llegaron al campamento se creyeron en el deber de contar a sus padres lo del hombre de la choza y, como ya suponían, éstos pusieron el grito en el cielo y les  prohibieron volver a verle.
Tal como les  habían ordenado sus padres, dejaron de frecuentar la choza, pero Paty no podía quitarse de la cabeza  aquel  harapiento, de mirada melancólica y dulce.

    Un día en la playa le vieron, se dirigía hacia su refugio. Caminaba  un poco encorvado y muy lento,  pero estaba distinto, mas aseado y arreglado y su cara parecía menos triste, aunque seguía teniendo el mismo aire de ensimismado.  Paty se quedó fija mirándole y, como si hubiera  detectado su mirada, él se volvió de pronto y al verla le dedicó una tímida sonrisa a la vez que la saludaba con la mano.  Esa fue la última vez que le vieron.

    El tiempo empezó a cambiar y decidieron levantar el campamento y regresar a sus  casas. Paty no quería irse sin despedirse del hombre de la choza y sin decir nada a nadie, el mismo día de la partida, mientras todos recogían las tiendas y los bártulos, dijo que iba a dar su último paseo por la playa y se acercó hasta la choza.  Al igual que la última vez la encontró vacía pero, sobre la mesa, había una caracola enorme y debajo de ella una nota que, escrita con la bella caligrafía que Paty ya conocía, decía lo siguiente: “Niña de los ojos claros, no sé si vendrás a recoger tu caracola, pero si lo haces quiero que sepas  que has traído un rayo de luz a mi vida.  Hace tanto tiempo que se fue mi hija, que ya no podía recordar sus ojos y eso me dolía, pero en los tuyos los he visto y me han dado mucha paz.  Ahora puedo recordarlos.  Que Dios te bendiga”.  Cogió la caracola y dejó, sujeto con una de las latas vacías que había en el suelo, el mensaje de despedida, que  llevaba preparado por si no le encontraba.  “Hoy nos vamos para casa pero no quiero irme sin despedirme y darle las gracias por la pulsera y las caracolas, que  guardaré con mucho cariño”. Después de leer el mensaje de él, el suyo le pareció un poco insulso.
Lentamente se fue alejando de la choza tratando de esconder unas lágrimas que, no sabía por qué, estaban a punto de brotar.  No conocía a ese hombre, nada le unía a él y sin embargo se sentía acongojada.

    No quería que sus padres la vieran en ese estado y trató de hacer tiempo, para ir calmándose, yendo a un kiosco  cercano a la playa, donde vendían todo tipo de chucherías. Mientras echaba una ojeada, buscando algo que le apeteciera, se le ocurrió preguntar a la dueña del  local si conocía a un mendigo que solía estar en la playa y le dió las características físicas del mismo.
 -Claro que le conozco, -le dijo-,  se llama Roberto  y es un pobre hombre que no está bien de la cabeza pero  no es un mendigo, solo que le gusta ir como tal.  Paty  le siguió diciendo…-no sé si hablamos de la misma persona, este hombre tuvo una hija que se le murió  siendo aún niña, una hija que debía de tener los ojos claros-.  La kiosquera se echó a reír y le dijo… -¿eso es lo que te ha contado verdad? Pues no le creas, se lo cuenta a todo el que le quiere oír. Nunca ha estado casado ni por supuesto ha tenido una hija, aunque él parece que se lo ha llegado a creer.  Roberto, siguió diciendo la mujer,  es nacido  en este pueblo y de joven fue un alto cargo  en una importante empresa. Era muy inteligente, tanto que creo se le paso la rosca y ahora ya no rige bien, pero es un buen  hombre, no es peligroso.

    La niña se fue del kiosco como si le hubieran echado un jarro de agua fría. «Qué decepción, -iba pensando-. Yo que me creí la protagonista de una hermosa historia, el punto de enlace entre un hombre y su hija muerta, resulta que solo he sido la fantasía de un enajenado».  Aquella mirada tan enigmática  que no sabía descifrar, pero que quería creer significaba algo especial,  era solo la mirada de un alucinado. Ahora también tenía ganas de llorar, pero de decepción y rabia. Pensaba en los sentimientos que le había inspirado el hombre de la choza y se sentía ridícula.  ¡Qué tonta había sido!

    Cuando llegó al campamento éste ya no era tal. Las tiendas estaban recogidas y todo empaquetado a la espera de salir hacia los domicilios.  Sus primos, que sospechaban la visita, al verla llegar con cara compungida la abordaron y bombardearon a preguntas.  Sin pronunciar palabra, les dio  la nota que le había dejado con la caracola y ellos dieron por supuesto, que su estado de ánimo era debido a lo que ponía en ella.  Paty pensó  que no tenía por qué sacarles de su error,  era una tierna y bella historia, que no tenía que echarse a perder por su indiscreción, al intentar indagar sobre el hombre de la choza. Decidió que lo mejor era olvidar la segunda parte de la historia, pues de no haber ido al kiosco nunca la hubiera sabido.  Tenía  un bello recuerdo de esa acampada y además algo muy interesante para  contar a sus amigas cuando comenzara de nuevo el colegio, así como unas caracolas preciosas que estaba deseando enseñar. No había razón para que eso cambiara.

    Muy animada con este pensamiento subió al coche de su tío, que les llevaría de regreso a casa.  Esta vez el viaje resulto mucho mejor. Su madre había comprado  pastillas para el mareo, lo que hizo que el trayecto fuera más grato y pudiera admirar el maravilloso paisaje.  Se sentía feliz, había disfrutado de una magnífica acampada,  llevaba una bonita historia para contar y tenía unas grandes y bellas caracolas.  La vida le sonreía, ¿qué más podía pedir?