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30 oct 2021

EL GRITO



De niña me encantaba estar en el pueblo de mis abuelos. Esperaba con ansia las vacaciones del colegio para ir a reencontrarme con mis amigas y ver a mi amor platónico, pero había una fecha en la que hubiera preferido no ir. Era el día de todos los santos.

Por aquella época, los cementerios me impresionaban mucho aunque también me producían un cierto morbo debido, sobre todo, a las historias de misterio que, en los pueblos, suele haber alrededor de los mismos. Sin embargo ahora, de adulta, me transmiten serenidad y me gusta pasear por ellos contemplando sus tumbas, algunas muy hermosas y pensando que es un buen lugar para dormir el sueño eterno. No es un pensamiento tétrico, al menos yo no lo siento así. Es más bien un sentir nostálgico por los que ya no están, pero a la vez de paz y esperanza.

Bueno pues ese día que tanto me inquietaba había llegado y, como todos los años, nos habíamos reunido en el pueblo varios familiares, entre los que se encontraban mis padres y abuelos, para hacer la tradicional visita al cementerio, llevando flores a nuestros muertos y asistir a la misa que, en el mismo cementerio, se oficiaba por todos los que allí reposaban.

Como era de esperar el cementerio estaba repleto de gente, depositando flores en las tumbas, y a la espera de que se celebrara la misa. Nosotros también pusimos flores a nuestros difuntos y yo influenciada por el ambiente cogí unas flores amarillas, de esas que crecen en el campo y que, en el lenguaje popular, se las llama “meacamas” y las deposité sobre la tumba quedándome, a la vez, con un par de ellas, que me coloque en las roscas trenzadas que llevaba a cada lado de la cabeza, peinado propio de aquellos años y que a mi madre le gustaba mucho hacerme.

Llegó el momento de la misa y todos se pusieron ya en situación para seguirla con gran recogimiento. Yo, al lado de mi madre, no paraba de moverme. Me sentía inquieta y no dejaba de mirar hacia todos los lados, como esperando que, de alguna tumba, saliera un muerto viviente. Tenía sentimientos contradictorios pues a pesar del miedo que me producían los cementerios, me encantaban las historias truculentas de fantasmas pululando sobre las tumbas y creo que, en el fondo, aunque fuera muy en el fondo, deseaba que saliera alguno. Mi imaginación, que por aquellos años estaba desbordada, podía llevarme, en cualquier momento, a situaciones inverosímiles y variopintas.

Habíamos llegado al sermón, y me estaba aburriendo de manera soberana. Aquello no tenía emoción. Ningún gemido extraño, ninguna sombra moviéndose, nada de nada. De pronto mi atención se centró en una avispa que, tal vez atraída por las flores que llevaba yo en el pelo, venía arrebatada hacía mí y empezó a revolotear por encima de mi cabeza con un zumbido estridente. Yo trataba de esquivarla como podía, procurado no llamar la atención, sobre todo la de mi madre que no dejaba de echarme miradas furibundas al ver que no paraba de moverme.

La avispa cada vez más alocada seguía dando vueltas sobre mi cabeza con su chirriante zumbido y a mí que la imaginación me volaba a la misma velocidad, me dio por pensar que si la susodicha no sería el espíritu de algún muerto que venía a castigarme, por mi falta de devoción y respeto a un acto tan emotivo.

Por fin, se cansó de dar vueltas y se posó sobre una de mis roscas trenzadas pero con tan mala fortuna que quedó enganchada entre el pelo. Se esforzaba en escapar y en su lucha por conseguirlo más se enredaba en la trenza y su estridente zumbido se hacía cada vez más fuerte, algo que me alteraba en extremo,  pues al estar tan cerca de mi oído lo escuchaba con una intensidad insoportable lo que hizo que me pusiera a dar manotazos en mi cabeza como una posesa, buscando librarme de ella.

No había duda, aquello no podía ser una avispa normal. Por desgracia yo tenía mucha atracción (o quizá todo lo contrario) para las avispas, pues no era la primera vez que me atacaba una, pero nunca de forma tan virulenta y con tanta insistencia.

Me auto convencí de que la avispa era el fantasma de un muerto y entré en pánico. Me deshice las trenzas y empecé a sacudirme el cabello de forma compulsiva, tratando de echarla fuera. La avispa al verse atacada se defendió clavándome el aguijón en la oreja, momento en el que yo, al sentir el punzante dolor, desahogué el miedo que tenía, pegando tal alarido que el cura, que estaba entregado al sermón, se paró en seco y la gente espantada volvió la cabeza para ver de dónde salía aquel espeluznante sonido. La imagen que vieron no les debió resultar muy tranquilizadora. Una niña alocada y desmelenada, con todo el pelo revuelto, dando saltos y pegándose manotazos en la cabeza. Quizá pensaron que estaba poseída o tenía un ataque de locura. Hasta tal punto debió ser inquietante mi actitud, que unos niños que estaban a mi lado, huyeron despavoridos y su madre tuvo que correr tras ellos sorteando como pudo las tumbas.

Mi madre pálida por el susto y muy avergonzada, sin peguntarme siquiera a que se debía mi locura, me cogió del brazo y me sacó a toda prisa de allí, mientras con voz tenue, para que no la oyeran, iba diciendo –lo tuyo hija no tiene arreglo, en todos los sitios tienes que dar la nota.

Para entonces la avista ya había desaparecido, aunque no sé si había conseguido escapar o era un inquilino más del cementerio.

Ni que decir tiene que el incidente fue la comidilla del pueblo durante varios días y eso sin contar la que me cayó a mí por ser la protagonista de dicho incidente.



6 jul 2020

DE UN CORAZÓN A OTRO



Te has ido amor de mi lado y te has llevado una parte de mí contigo y ahora no sé cómo hacer para seguir viviendo sin ti. Siento un vacío tan grande que trato de llenar con tu recuerdo, pero solo consigo que ese vacío se haga aún mayor. No puedo soportar tu ausencia y cuando pienso que ya no vas a volver el dolor es tan inmenso que se rompe todo mi ser.

Sabemos que la muerte es parte de la vida y que algún día ha de llegar, porque en este mundo estamos de paso, pero no era todavía tu hora mi amor, no tenías que haberte ido aún. Yo esperaba, soñaba, con llegar juntos y viejitos al final del recorrido, porque además de esa forma, cuando uno de los dos se fuera, el otro no tardaría mucho en seguirle y volverse a encontrar en esa otra vida, que yo quiero creer que existe, porque de otra forma ésta no tendría, para mí, ningún sentido. Necesito creerlo para poder seguir viviendo sin ti pero  con la ilusión y la esperanza de volvernos a encontrar.
Dicen que si no aceptamos la muerte de la persona amada le impedimos ir hacia la luz por eso y aunque ya casi no me quedan lágrimas, voy a tratar de ser fuerte y no llorar más, para que puedas ir hacia la luz y ser feliz.

Te escribo esta carta porque dicen que una forma de calmar el dolor por la pérdida de un ser querido, es poner en letras los sentimientos, abrir el alma y sacar toda la angustia que nos aprisiona y nos impide respirar. Además espero y deseo que allí donde estés, te llegue mi carta y le pidas a Dios que me de fuerza para seguir adelante hasta que llegue el día en que juntos y cogidos de la mano, podamos pasear por los jardines del cielo.

Mi corazón, amor mío, está lleno de ti y estallará de gozo cuando se encuentre con el tuyo para no separarse ya jamás.

TE QUIERO AMOR MÍO


22 oct 2016

ANIVERSARIO BLACKY




Mi querido Blacky, hoy hace un año que te fuiste de nuestro lado para siempre y aunque el tiempo ha ido suavizando el dolor de tu ausencia, no ha habido un solo día en todo este año que no haya pensado en ti. Todos los días te he tenido presente y sobre todo últimamente, porque hay alguien que me lo recuerda de continuo.  Ese alguien se llama Sylvie y es una deliciosa perrita, de tu misma raza, que ya forma parte de nuestra familia. Aunque es más pequeñita, se parece tanto a ti….. se mueve igual que lo hacías tú y es tan mimosa como lo eras tú. Es muy simpática y alegre, estoy segura que te hubiera gustado mucho y habríais sido grandes amigos.

Pero no pienses, ni por un momento, que te ha venido a sustituir. Tú siempre tendrás un lugar en mi corazón, al igual que lo tiene Zuri, el caniche que vivió con nosotros 14 años, antes de que tú llegaras. Lo mismo que los hijos, por muchos que haya, todos tienen su sitio en el corazón de una madre, también vosotros, que sois como mis hijitos peludos, tenéis vuestro sitio en mi corazón y ese sitio nunca nadie os lo arrebatará.
Por tanto pequeño mío, sé feliz, haya donde estés, sin el temor de que te podamos olvidar, porque eso es algo que nunca va a ocurrir.  

Todo mi amor para ti mi pequeñín, que espero te llegue junto con un beso muy grande  de todos nosotros.

Te queremos

 Sylvie

9 abr 2016

CARTA A BLACKY - II



Hola cariño mío, casi medio año ya desde que te fuiste y tu ausencia me sigue doliendo como el primer día.  Estabas muy malito y dejarte partir para que pudieras descansar fue mi mayor demostración de amor, pero contigo te llevaste una parte de mi y dejaste un gran vacío en la casa y en el corazón de todos los que te quisimos.  Un vacío que, según me dicen, sólo con otro perrito podría llenarse y tal vez así sea, pero aún no estoy preparada para ello. Pienso que sería sustituirte y eso nunca pequeño mío. Tal vez cuando tu recuerdo no me duela tanto y la llegada de otro perrito no me haga sentir que está ocupando tú lugar, sea el momento.

Sé que nunca voy a olvidarte, siempre estarás en un rincón muy especial de mi corazón, pero quiero recordarte sin dolor y tampoco quiero cerrar mi corazón a otro que, como tú, pueda contribuir a la felicidad de mi vida y en el que pueda volcar una parte de este cariño que sigo acumulando para ti y que ya no te puedo dar. Quiero que sepas pequeño mío que, aún en el caso de que entrara en mi vida otro perrito, no mermaría el cariño que siento por ti y que seguiré sintiendo mientras viva y que estoy segura que, allá donde estés ahora, percibes que te llega. Me entregaste tu amor incondicional, un amor que solo los perros sois capaces de dar y eso nunca se olvida. Te fuiste llevándote una parte de mí, pero otra parte de ti se quedó conmigo para siempre.

Como dijo WILL ROGERS “Si no hay perros en el cielo cuando me muera quiero ir donde ellos vayan”


22 nov 2015

CARTA A BLACKY


Hoy hace un mes querido Blacky que te fuiste y aún te lloro. No quiero recordarte con tristeza sino con la alegría de haber disfrutado de ti 16 años, con la alegría de haber tenido a mi lado alguien tan noble, tan tierno y  tan cariñoso, alguien que nos ha hecho tanta compañía y con quien hemos compartido tan buenos momentos pero te echo tanto en falta que todo me recuerda a ti, y a veces incluso me  parece que estas a mi  lado o creo escuchar el ruido de tus pasitos por la casa y al darme cuenta que sólo es mi imaginación y el deseo de tenerte conmigo, pero que eso ya nunca podrá ser, se me encoge el corazón y no puedo evitar el llanto.

Escasamente un mes tenías cuando llegaste a nuestra vida  y desde el primer momento te sentimos ya parte de ella.  Eras una bolita pequeña, peluda y negra, con unos ojos que brillaban como dos estrellas. Unos ojos que, al cabo del tiempo, sabíamos entender lo que con ellos nos decías. No hablabas, pero no  hacía falta, tus ojos lo decían todo y tú también nos entendías. Detectabas nuestros estados de ánimo y te alegrabas cuando nos veías contentos y te entristecías cuando nos veías preocupados o tristes. En esos momentos no te separabas de nuestro lado tratando, a tu manera, de consolarnos. Te aseguro, cariño mío, que lo conseguías.

Pero eso ya nunca podrá volver a ser. Nunca más pequeño mío pasearemos juntos por el parque, ni jugaremos con la pelotita que tanto te gustaba morder, ni podré cogerte en brazos para darte mimos como si fueras un bebé, ni sentir la ternura que me daba verte acurrucado en tu camita mirándome con dulzura y con la tranquilidad  de saberse protegido y  muy querido.  Por ello, mi pequeñín, aunque no quiero llorar, las lágrimas se me escapan sin poderlo remediar.

Ahora sólo me queda tu recuerdo, que nunca jamás de mi se irá y una bella cajita de madera con tu nombre y tus cenizas. Aunque tu alma esté ahora en ese cielo que seguro había para ti, no quería que ese pequeño cuerpo tuyo tan querido, y que tantas veces tuve entre mis brazos, fuera a parar a cualquier vertedero, como si de un perro sin dueño se tratará.  Por eso pedí tus cenizas, que en un principio pensaba tirar al mar, a ese mar de la playa por la que tantas veces corrías  conmigo, dando pequeños ladridos de alegría, pero hasta eso me duele, vida mía, y no lo voy a hacer. No quiero que te vayas del todo, aunque en realidad no lo has hecho, porque siempre te llevaré en los recuerdos y en mi corazón.

Mas no debo estar triste, hemos sido felices juntos y con eso es con lo que me he de quedar. Además estoy segura que ahora estarás en algún sitio maravilloso, corriendo y saltando muy contento y jugando con otros perritos, sano y fuerte, como cuando eras joven, sin que te duela ya nada,  y confío en que algún día nos volveremos a encontrar y hasta que llegue ese momento intentaré recordarte con alegría, sin lágrimas, sabiendo que fuiste muy dichoso a nuestro lado y nosotros también lo fuimos contigo.

Sé que con el paso del tiempo el dolor se suavizará pero, todavía, mi pequeño y querido perrito, me duele tanto tu ausencia …


10 nov 2014

PARA MI NIÑO LUCHADOR



Feliz aniversario, "cari"...

de Marta González Tamayo, el sábado, 12 de marzo de 2011 a las 18:15 •
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Pues sí, mi churri y yo hacemos hoy un añito. Quién lo diría...365 días ya desde que empezamos a salir por ahí..

En principio nunca te tomé demasiado en serio, no creas, era un rollete sin importancia, una relación temporal hasta que encontrase a alguien más joven y con mejor presencia. Nunca me planteé hasta qué punto iba a cogerte cariño con el paso del tiempo, y tampoco contaba con esa extraña complicidad que a lo largo de estos meses hemos ido adquiriendo, y nos permite poder entendernos sin necesidad de decirnos nada.

Y lo que son las cosas, aún recuerdo como si fuera ayer aquella primera vez que conseguiste ponerme a 100, estando yo aterrada, sin experiencia, y con el corazón en un puño. Pero tú, siempre seguro, con esa sabiduría que da la edad y los buenos genes, me guiaste poquito a poco consiguiendo, no sólo que perdiera el miedo, sino que aprendiese a disfrutar estando sentada encima tuyo, con el viento en la cara y la música de fondo, como el mejor de los orgasmos.

Por todo esto, querido amigo, quiero que sepas que a día de hoy disfrutas del maravilloso privilegio de haber conseguido que esta chica borroka y un tanto anárquica te piense ser fiel en los años venideros, a pesar de tus magulladuras, de tus achaques, a pesar incluso de que tus asientos no sean de cuero y tu capota no sea descapotable, como la de ese Audi TT rojo y llamativo en el que siempre he deseado aposentar mi trasero, incluso cuando no sabía conducir.  Pero no te lo tomes a mal, en caso de poder hacerlo algún día sería puro y simple vicio, lo nuestro es algo mucho más profundo, te lo aseguro….
                       
 Felicidades, mi querido Peugeot 306 del año 87



12 feb 2012

COSAS DE NIÑOS


Los niños son lo mejor de la vida. Son sinceros, nobles y libres de toda hipocresía, a veces pueden ser un poco crueles pero, si lo son, es  por su total sinceridad, porque dicen las cosas tal cual las sienten o piensan, no tratan de ser, como los adultos, políticamente correctos. Los niños son niños, pero no son tontos, aunque a veces pretendamos tratarlos como tal, y su lógica suele ser aplastante. La pena es que crecen y les atrapa el mundo.

Una de mis hijas, cuando tenía 5 años, vino un día del colegio y muy compungida me dijo….mamá yo creí que lo de morir era mentira, pero me han dicho en el cole que es verdad. Yo no sé lo que una niña de 5 años podía entender por morir, no sé qué concepto tendría de la muerte, pero desde luego ella sabía que no era bueno, pues me lo decía casi llorando. A mi me dio verdadera angustia que con solo 5 años, tuviera ya esa preocupación. Como es lógico no iba a mentirla, pero tampoco iba a profundizar en el tema con una niña y tratando de no darle importancia le dije: Si cariño, es cierto, todos tenemos que morir, pero no te preocupes, que a ti te falta mucho, eso ocurre cuando se es muy viejito. Con esa explicación se quedó tranquila y yo pensé que se olvidaría del tema.

Al de unos días, regresábamos del colegio y nos encontramos con unos conocidos de edad avanzada. Nos paramos un momento a hablar y en medio de la conversación mi hija les dice….vosotros sois muy viejitos, os moriréis pronto…. Yo me quedé petrificada y avergonzada, pero ellos se echaron a reír y seguimos conversando como si tal cosa. Pensé que esto había sido una cosa puntual, pero al cabo de unos días, volvió a ocurrir lo mismo, esta vez con un vecino también mayor. Estábamos en el ascensor y, sin venir a cuento, le soltó lo mismo… tú eres muy viejito y te morirás pronto.
A los niños, cuando se les dice que no hagan algo lo hacen más, por eso yo no sabía si reprenderla o hacer como que no me enteraba. Opté por esto último y pensé que había acertado, porque parecía que había olvidado el tema pues no se había vuelto a repetir.

Un día la estaba vistiendo para ir al cumpleaños de mi abuela y le dije, vamos a ir a casa de la abuela bisa, que es como la llamaban mis hijos por lo de bisabuela, porque es su cumpleaños. La abuela bisa es muy viejita ¿verdad? me preguntó. Si muy viejita le dije, entonces se morirá pronto, me volvió a decir. En aquel momento comprendí que seguía con esa obsesión. Me preocupó que se lo pudiera soltar a mi abuela, como era su costumbre y que al ser ésta tan mayor le pudiera afectar, así que le dije, no sé si se morirá pronto, pero no se te ocurra decírselo. Me miró muy seria y me dijo…. No mama, no le voy a decir eso, le voy a decir…abuelita eres tan viejita, tan viejita, que ya estás muerta.

Otra anécdota, que demuestra la lógica aplastante de los niños, es lo que nos contó una vez una conocida respecto a su hijo de 6 años.

La profesora del niño, había llamado a la madre para qué fuera al colegio a entrevistarse con ella. Parece ser que el niño tenía la costumbre de levantar las faldas a las niñas y claro las niñas le tenían miedo. Como no hacía caso a las reprimendas y castigos de la profesora, ésta había llamado a la madre para contárselo y que ella tratara de hablar con el niño y le recriminara.

Cuando el niño llegó a la casa, la mamá le dijo lo que le había contado la profesora y le regañó por ello. Eso de levantar las faldas a las niñas está muy feo ¿ por qué lo haces?. Porque quiero verles las bragas, le contestó el niño. Ah ¿es por eso? le dijo su madre, pues no te preocupes que vas a ver bragas. Le llevó a su dormitorio, abrió la cómoda y le puso sobre la cama un montón de bragas. Mira aquí tienes toda clase de bragas, con flores, con bordados, de colores… míralas todas bien. El niño se quedó muy serio mirando las bragas y dijo….pero así no es lo mismo, estas no tienen un culo dentro.

Lo que digo, la lógica aplastante de los niños




21 dic 2011

AQUELLAS NAVIDADES PASADAS

¡Como añoro aquellas Navidades de mi infancia!, tan iguales pero tan distintas a las de ahora. Aquellas navidades eran unas fiestas mágicas y entrañables. En la mayoría de los hogares, así como en los escaparates de muchos comercios, se montaba el Belén y la noche del 24, después de la cena, era costumbre ir a la misa del gallo, que se celebraba en todas las iglesias y que ahora, solo en algunas se celebra.

Durante muchos años se siguió con la tradición del Belén, pero llegó el árbol (costumbre extranjera) y lo desbancó. Los comercios dejaron de poner en sus escaparates el belén, para poner un ostentoso y brillante árbol, que nada tenía que ver con el sentir religioso con el que se vivía la Navidad y que poco a poco va desapareciendo y aunque en muchos hogares aún se conserva la tradición del belén, el protagonista principal de estas fiestas es el árbol. Menos mal que no se han cargado a los Reyes Magos sustituyéndolos por Papá Noel. Nuestros niños aún sueñan con ellos, aunque también lo hagan con Papá Noel, porque son muy listos,  así tienen regalos por partida doble y en mi tierra por partida triple, porque también está el Olentzero.

El recuerdo de las navidades de mi niñez me llena de nostalgia y de tristeza porque ese, hoy día, tan cacareado espíritu de la navidad, entonces es cuando realmente existía, ahora se ha perdido. Ahora la navidad es consumismo y diversión cuanto más mejor y no digo que esté mal el gasto y la diversión. A mi también me gusta comprar regalos y pasarlo bien, pero creo que tanto lo uno como lo otro se han desmadrado y han dejado de lado el verdadero sentir de estas fiestas, se han cargado el espíritu de la Navidad. Y voy a dejar aparte lo del amor, la solidaridad y el pensar en los demás porque eso… eso como diría mi abuela, es harina de otro costal. Y ni que decir de lo ya tan repetido, de que en estas fechas todos somos mas humanos, un poco mejores. Uno es como es y si se es buena persona lo es siempre, porque eso de ser buenos a tiempos o a épocas……..Si solo se es bueno en ocasiones, es que se está fingiendo.
Todo son palabras huecas que yo creo sirven para tranquilizar las conciencias de la gente, por el derroche que se produce en estas fechas, cuando hay otra mucha gente que pasa hambre

Recuerdo que de niña, cuando ya nos habían dado las vacaciones, mi hermana y yo íbamos con mi padre al monte, a buscar musgo y cortezas de árboles, con los que luego montábamos el Belén. También cogíamos algunas ramas de acebo, para adornar la casa. El Belén lo montaba mi padre y a nosotras nos gustaba mucho ayudarle. Solíamos apuntarnos a un concurso de Belenes que organizaba la parroquia de nuestro barrio. Nunca ganábamos porque el nuestro, aunque estaba muy bien hecho (gracias a mi padre) era muy sencillo, pero nos encantaba participar, nos sentíamos importantes cuando venía un jurado a vernos el Belén y nos hacían preguntas sobre el nacimiento de Jesús, a las que tanto mi hermana como yo respondíamos muy serias.

Cuando llegan estas fechas no puedo dejar de pensar en aquellas otras navidades, quizá con menos turrón, con menos champán, con menos lujo y con menos regalos, pero con algo mucho más valioso y entrañable, el verdadero espíritu de la navidad, el que salía del corazón y se instalaba en el alma, no el que sale del bolsillo y se instala…..vayan a saber donde.

Ya sé que algunos dirán que estoy "demodé" y  también que todo tiempo pasado parece mejor y en parte es cierto pero pienso que no es éste el caso, al menos no del todo. Creo que las Navidades de mi niñez y juventud eran más sentidas, más entrañables, en definitiva más hermosas

A pesar de todo, os deseo de corazón FELIZ NAVIDAD




19 ago 2011

LA ACAMPADA (Pero no la de la Puerta del Sol)


 LA ACAMPADA

    -¡Arriba Patricia! -voceó su madre entrando en el dormitorio, a la vez que abría las persianas para que entrara la luz del día. -Normalmente la llamaban Paty salvo cuando,por alguna circunstancia, querían poner más énfasis en el nombre, como era el caso. Tan entusiasmada que estabas esperando este día, -seguía diciendo su madre-, y resulta que se te han pegado las sábanas.  Era cierto, había estado toda la semana soñando con este día y la emoción la había tenido  parte de la noche en vela y debido a ello ahora, a pesar de su entusiasmo, le costaba levantarse de la cama.

    Íban a ir de acampada y aunque era una acampada familiar estaba muy  emocionada, pues eso de dormir al aire libre, en una tienda de campaña, a sus 13 años le parecía algo maravilloso y muy excitante.  Éran tres familias las que íban a participar en la acampada.  Una sin hijos, otra con dos hijos, sus primos, y la tercera ella y sus padres.

    Por fin salió de la cama, se aseo, se vistió, desayunó y se puso a leer un tebeo a la espera de que llegara uno de sus tíos para llevarlos en su coche, ya que ellos no tenían. Al cabo de  un rato que, a pesar del tebeo, se le hizo eterno, llegó su tío.  Cargaron todos los bultos en el coche y después de que su madre comprobara que no quedaba ninguna luz encendida, que las fuentes estaban todas cerradas y que la puerta quedaba bien atrancada con sus dos vueltas de llave, subieron todos al coche y salieron camino a la aventura, que era como ella lo veía.

    El viaje a la niña no le estaba resultando nada grato, pues la carretera, que gozaba de un hermoso paisaje, tenía infinidad de curvas lo que hizo que  se le revolviera el estomago y no pudiera disfrutar del bello panorama.  Cuando por fin llegaron salió rápidamente del coche y entre la maravillosa vista que tenía delante de sus ojos y el aire fresco del mar que le daba en la cara, se le pasó el mareo y se olvidó totalmente de lo mal que se encontraba. Sí he dicho bien, el aire fresco del mar, porque la acampada era en una playa, aunque no sobre la arena, sino sobre una campa que había al lado.  Una campa repleta de arboles y helechos y lugar ideal para montar las tiendas de campaña.
La playa era inmensa y con muchas dunas que eso unido a que  estaba solitaria, pues solo se llenaba de gente los domingos, le daba un aspecto misterioso y salvaje que a Paty entusiasmó e hizo correr su imaginación hasta el punto de que empezó a soñar con que eran los nuevos Robinson.

    Mientras los hombres montaban las tiendas y las mujeres se encargaban de buscar el mejor sitio para colocar las mesas y organizar la comida, Paty y sus primos (un chico y una chica algo mayores que ella) se fueron a inspeccionar “la isla”, que era como habían empezado a llamarla.  Una isla con playa y vegetación,  como la de Robinson, o al menos así querían verla.  Hasta se toparon con un árbol enorme, al que a Paty  le hubiera gustado trepar, algo que se le daba muy bien, fantaseando con que allí estaba la casa del famoso náufrago.

    Después de una suculenta comida, acompañada por hormigas y toda clase de insectos fueron los tres a recorrer e inspeccionar de nuevo “la isla” y cuando ya empezaba a anochecer regresaron al campamento, cansados pero felices.  La cena, alrededor de una pequeña hoguera, resultó muy grata y al cabo de un rato los niños fueron a dormir a sus respectivas tiendas, mientras los mayores se quedaban de amenizada tertulia.  A pesar de que el sonido del mar era el mejor arrullo para dormir, a Paty  le costó coger el sueño.  Tantas emociones la tenían muy alterada.

    A la mañana siguiente se despertó temprano.  La lona de la tienda, que era de una calidad muy corriente, dejaba pasar la luz del sol de aquel radiante día, lo que hacía imposible seguir durmiendo.  De todas formas estaba ansiosa por levantarse. Quería seguir explorando  la playa y en cuanto desayunaron se fueron los tres a descubrir los misterios que, según sus mentes fantasiosas y calenturientas, esperaban encontrar.

    La playa era muy larga y aunque llevaban un buen rato caminando por ella, no habían visto, con gran decepción por parte de Paty, nada digno de interés. Mirar, allí hay algo, dijo de pronto su primo señalando hacia la lejanía. Parece una cabaña, dijo Paty, igual es la casa de Robinson, siguió diciendo muy animada. A sus 13 años  no  era tan ingenua como para creer realmente eso, solamente  era un juego, pero en el que se metía  tan de lleno que lo vivía como si fuera realidad.  Vamos a inspeccionar, volvió a decir su primo y los tres se dirigieron hacia lo que parecía una cabaña.

    No era exactamente una cabaña, era más bien  una especie de  choza abierta,  quizá un  refugio para protegerse del sol y estaba hecha con tablas viejas y ramas de helechos, que por aquella zona había muchos. Vieron que alguien la estaba utilizando, pues había una mesa y un banco construidos, de forma rústica, con las mismas tablas que cubrían la choza, así como algunos periódicos y latas vacías, esparcidos por el suelo.  Se pusieron a curiosear y de pronto les sobresalto una voz a sus espaldas, -¡qué hacéis aquí!- Sus primos no se pararon a ver de quien era esa voz, salieron corriendo, pero Paty tranquilamente se dio la vuelta y se quedé quieta contemplando al hombre que tenía frente a ella. Era un hombre de aspecto mayor, aunque quizá no lo fuera tanto.  Llevaba barba e iba desaliñado y sucio, pero no inspiraba temor.  Su voz no era recriminatoria, más bien parecía triste o resignada y su cara, a pesar de su barba y su aspecto desaliñado, no le produjo desconfianza . Tenía una mirada profunda pero limpia y noble y se quedó fijo  mirando a la niña de una forma extraña, que Paty no supo descifrar, pero que la impresionó.  La miraba  con ternura y como si la conociera, como si no fuera la primera vez que la veía.
A una distancia prudencial sus primos observaban la escena y a voz en grito la llamaban. Después de un tiempo  de mutua contemplación, sin mediar palabra, Paty tranquilamente se alejó de allí.

    Sus primos estaban exaltadísimos y la recriminaban por no haber salido corriendo como ellos y aunque Paty estaba la mar de tranquila y segura de que ese hombre no era peligroso, decidieron no contar nada a sus padres, por miedo a que les prohibieran ir solos a la playa.
El resto del día lo pasaron  divirtiéndose de mil maneras y sin hacer la mínima alusión al incidente de la mañana, aunque Paty no podía quitar de su mente la enigmática mirada de aquel hombre y la idea de volver a verle.

    El nuevo día, al igual que el anterior, salió radiante y los niños,  después de desayunar, fueron nuevamente a la playa. 
-Acerquémonos hasta  la choza, -dijo Paty -ni hablar, -contestó su prima-, pero a su primo también le picaba el gusanillo de la curiosidad y se prestó a acompañarla. Su prima por no quedarse sola, se unió a ellos.
Ya de lejos le vieron. Estaba sentando en el banco y parecía contemplar el mar.  Paty apresuró el paso al contrario que sus primos, que se iban quedando  rezagados.  Cuando estuvo  frente a él, que seguía ensimismado mirando el mar y no se percato de su presencia, le saludó con un escueto –hola-. El la miró y sin sorprenderse (parecía que esperaba su visita)  la  saludo muy sonriente. 
-¿Te gustan las caracolas?  -le dijo-. Ante su afirmación se levantó y de una bolsa que tenía en el suelo, sacó una caracola y se la entregó.
 -Es muy bonita, -le dijo la niña. 
-A mi hija también le gustaban, -contestó el.
-¿Tiene una hija? -pregunto Paty. 
-Tenía, pero ya no la tengo.  Volvió a quedarse ensimismado mirando al mar y la niña dándole las gracias salió corriendo a reunirme con sus primos.  No quiso preguntarle más sobre su  hija pues por el tono de su voz intuyó que ésta había muerto.

    Estuvieron  así varios días, yendo a visitar al hombre de la choza, como le llamaban. Sus primos, aunque la acompañaban,  no se acercaban.  Siempre la misma rutina. Él la saludaba y la miraba con esa su inexplicable mirada, luego le hacía un sitio en el banco y ella se sentaba a su lado. Se quedaba de nuevo ensimismado, con la vista perdida en el mar y  la niña en silencio, mirándole de reojo, esperando la caracola que todos los días le daba.   Ni siquiera le había preguntado a Paty por su nombre, pero  parecía que le gustaba verla. Le entregaba la caracola, ella le daba las gracias y se iba.
Sus primos no entendían ese interés por ir todos los días a ver al hombre de la choza y ni ella misma lo entendía.  El morbo por el misterio que parecía rodearle, o tal vez aquella mirada tan enigmática que no sabía descifrar, pero algo había que la empujaba a la choza   y aunque a sus primos no les hacía ninguna gracia ir, por no dejarla sola, la acompañaban.

    Una mañana, al igual que todas, fueron los tres a la  choza y él no estaba, pero sobre la mesa había un paquetito que ponía “para la niña de los ojos claros”, que  dieron por hecho se refería a Paty ya que ésta así los tenía. Lo abrió y encontró una pulsera de metal blanco, bastante estropeada.  Junto con la pulsera había una nota.  “Esta pulsera la he encontrado en la playa, a mi hija le hubiera gustado, espero que a ti también te guste”.  No era una pulsera bonita y no parecía tener ningún valor pero  sé sintió emocionada, emocionada y asombrada porque la nota estaba escrita con una letra muy clara y bella, propia de alguien con estudios, que no compaginaba con el hombre sucio y desaliñado que conocían.
Cuando llegaron al campamento se creyeron en el deber de contar a sus padres lo del hombre de la choza y, como ya suponían, éstos pusieron el grito en el cielo y les  prohibieron volver a verle.
Tal como les  habían ordenado sus padres, dejaron de frecuentar la choza, pero Paty no podía quitarse de la cabeza  aquel  harapiento, de mirada melancólica y dulce.

    Un día en la playa le vieron, se dirigía hacia su refugio. Caminaba  un poco encorvado y muy lento,  pero estaba distinto, mas aseado y arreglado y su cara parecía menos triste, aunque seguía teniendo el mismo aire de ensimismado.  Paty se quedó fija mirándole y, como si hubiera  detectado su mirada, él se volvió de pronto y al verla le dedicó una tímida sonrisa a la vez que la saludaba con la mano.  Esa fue la última vez que le vieron.

    El tiempo empezó a cambiar y decidieron levantar el campamento y regresar a sus  casas. Paty no quería irse sin despedirse del hombre de la choza y sin decir nada a nadie, el mismo día de la partida, mientras todos recogían las tiendas y los bártulos, dijo que iba a dar su último paseo por la playa y se acercó hasta la choza.  Al igual que la última vez la encontró vacía pero, sobre la mesa, había una caracola enorme y debajo de ella una nota que, escrita con la bella caligrafía que Paty ya conocía, decía lo siguiente: “Niña de los ojos claros, no sé si vendrás a recoger tu caracola, pero si lo haces quiero que sepas  que has traído un rayo de luz a mi vida.  Hace tanto tiempo que se fue mi hija, que ya no podía recordar sus ojos y eso me dolía, pero en los tuyos los he visto y me han dado mucha paz.  Ahora puedo recordarlos.  Que Dios te bendiga”.  Cogió la caracola y dejó, sujeto con una de las latas vacías que había en el suelo, el mensaje de despedida, que  llevaba preparado por si no le encontraba.  “Hoy nos vamos para casa pero no quiero irme sin despedirme y darle las gracias por la pulsera y las caracolas, que  guardaré con mucho cariño”. Después de leer el mensaje de él, el suyo le pareció un poco insulso.
Lentamente se fue alejando de la choza tratando de esconder unas lágrimas que, no sabía por qué, estaban a punto de brotar.  No conocía a ese hombre, nada le unía a él y sin embargo se sentía acongojada.

    No quería que sus padres la vieran en ese estado y trató de hacer tiempo, para ir calmándose, yendo a un kiosco  cercano a la playa, donde vendían todo tipo de chucherías. Mientras echaba una ojeada, buscando algo que le apeteciera, se le ocurrió preguntar a la dueña del  local si conocía a un mendigo que solía estar en la playa y le dió las características físicas del mismo.
 -Claro que le conozco, -le dijo-,  se llama Roberto  y es un pobre hombre que no está bien de la cabeza pero  no es un mendigo, solo que le gusta ir como tal.  Paty  le siguió diciendo…-no sé si hablamos de la misma persona, este hombre tuvo una hija que se le murió  siendo aún niña, una hija que debía de tener los ojos claros-.  La kiosquera se echó a reír y le dijo… -¿eso es lo que te ha contado verdad? Pues no le creas, se lo cuenta a todo el que le quiere oír. Nunca ha estado casado ni por supuesto ha tenido una hija, aunque él parece que se lo ha llegado a creer.  Roberto, siguió diciendo la mujer,  es nacido  en este pueblo y de joven fue un alto cargo  en una importante empresa. Era muy inteligente, tanto que creo se le paso la rosca y ahora ya no rige bien, pero es un buen  hombre, no es peligroso.

    La niña se fue del kiosco como si le hubieran echado un jarro de agua fría. «Qué decepción, -iba pensando-. Yo que me creí la protagonista de una hermosa historia, el punto de enlace entre un hombre y su hija muerta, resulta que solo he sido la fantasía de un enajenado».  Aquella mirada tan enigmática  que no sabía descifrar, pero que quería creer significaba algo especial,  era solo la mirada de un alucinado. Ahora también tenía ganas de llorar, pero de decepción y rabia. Pensaba en los sentimientos que le había inspirado el hombre de la choza y se sentía ridícula.  ¡Qué tonta había sido!

    Cuando llegó al campamento éste ya no era tal. Las tiendas estaban recogidas y todo empaquetado a la espera de salir hacia los domicilios.  Sus primos, que sospechaban la visita, al verla llegar con cara compungida la abordaron y bombardearon a preguntas.  Sin pronunciar palabra, les dio  la nota que le había dejado con la caracola y ellos dieron por supuesto, que su estado de ánimo era debido a lo que ponía en ella.  Paty pensó  que no tenía por qué sacarles de su error,  era una tierna y bella historia, que no tenía que echarse a perder por su indiscreción, al intentar indagar sobre el hombre de la choza. Decidió que lo mejor era olvidar la segunda parte de la historia, pues de no haber ido al kiosco nunca la hubiera sabido.  Tenía  un bello recuerdo de esa acampada y además algo muy interesante para  contar a sus amigas cuando comenzara de nuevo el colegio, así como unas caracolas preciosas que estaba deseando enseñar. No había razón para que eso cambiara.

    Muy animada con este pensamiento subió al coche de su tío, que les llevaría de regreso a casa.  Esta vez el viaje resulto mucho mejor. Su madre había comprado  pastillas para el mareo, lo que hizo que el trayecto fuera más grato y pudiera admirar el maravilloso paisaje.  Se sentía feliz, había disfrutado de una magnífica acampada,  llevaba una bonita historia para contar y tenía unas grandes y bellas caracolas.  La vida le sonreía, ¿qué más podía pedir?










13 may 2011

UNA NOCHE EN PALACIO


Hacía frío y unos negros nubarrones en el cielo, presagiaban tormenta. Regresábamos de las vacaciones de semana santa y tanto mis hijos como yo, con el calorcillo del coche, íbamos adormecidos (incluso el perrito dormía plácidamente en el regazo de uno de mis hijos), mientras mi marido conducía en silencio. ¡Hombre este es el pueblo de mi amigo! dijo de pronto mi marido sobresaltándonos. ¿De qué amigo hablas? Le pregunté yo medio somnolienta. De mi amigo Víctor, me contestó, que hace tiempo me encontré con él, siguió diciendo mi marido, y me comentó que había comprado un palacio en un pueblo del que había olvidado su nombre pero ahora, al verlo, lo he recordado. ¡Anda ya!, un palacio, tu amigo sueña, le dije yo.

El famoso amigo Víctor, era un amigo de la familia al que mi marido conocía desde niño. Aunque éste era de bastante más edad, había hecho una gran amistad con él debido, principalmente, a que el tal Víctor era un hombre muy ilustrado y con una muy bien surtida biblioteca en la que mi marido, que ya desde niño era un apasionado de la lectura, solía gustarle mucho estar.

Yo con Víctor solo había hablado un par de veces, pero me había dado la impresión de que era un poco excéntrico o no estaba muy bien de la cabeza. Así se lo había comentado a mi marido en más de una ocasión. No lo creas, me decía, lo que ocurre es que es un sabio y, como todos los sabios, vive en otro mundo. Por eso, cuando mi marido dijo lo del palacio, di por hecho que era una de sus locuras o excentricidades. ¡Cómo iba a comprarse un palacio!

Vamos a hacerle una visita y así veremos si es cierto lo del palacio, volvió a decir mi marido. A mí, la verdad, no me hacía ninguna gracia ir a visitarle. Cuando le conocí no me resultó grato y a pesar de que mi marido decía que era una bella persona, me producía una especie de temor, le encontraba algo siniestro. A mis hijos les encantó la idea de ir a ver el palacio y como yo estaba en minoría, no me quedó otra que acatar el deseo de la mayoría.

Según le había dicho Víctor a mi marido, el palacio se llamaba “Palacio las Acacias” y preguntando a unas personas del pueblo, llegamos a él. En realidad, más que un palacio, parecía una casona grande y vieja. No tenía nada de jardín y no sé de donde le vendría el nombre, pues no había ni una sola acacia a su alrededor. Estaba situado en un alto y a mi me vino a la memoria la casa de la película“psicosis”.

La puerta, grande y llena de herrajes, tenía una aldaba enorme en forma de mano. A nuestra llamada salió Víctor y la verdad es que, no se si real o fingido, nos recibió con gran entusiasmo. Salía un poco encorvado y frotándose las manos (quizá por el frío) y con una sonrisa de oreja a oreja. Al verle me dio un escalofrío, pues su imagen me recordó a la bruja del cuento “La casita de chocolate” cuando recibía a Hánsel y Grétel sonriente y frotándose las manos, pensando en el festín que se iba a dar con los niños.
Si hubiera dependido sólo de mí, hubiéramos hecho una “visita de médico” y luego para casa, pero Víctor nos pidió que nos quedáramos hasta el día siguiente y a mi marido que no le apetecía conducir de noche y a mis hijos que todo lo que fuera novedad les encantaba, les pareció una buena idea y como yo, nuevamente, estaba en minoría, tuve que resignarme.

Víctor no estaba casado y a pesar de tener familia vivía solo. Aún siendo, supongo, muy feliz en su soledad, de vez en cuando quizá le agradase recibir alguna visita, aunque sólo fuera para reafirmarse en esa soledad y, cuando se iban las visitas, volver a disfrutar de la misma, ya que era un lobo solitario. Posiblemente de ahí su alegría al vernos.

La casona por dentro ya no era tal casona. Efectivamente tenía el aspecto de un palacio. La entrada era enorme, parecía una pista de baile con columnas y unas grandes escaleras a los lados, que confluían en el primer piso con una especie de hall, frente al cual había un gran salón. De los lados derecho e izquierdo del hall partían dos anchos y largos pasillos que daban acceso a las habitaciones. Había otro piso más, pero las escaleras estaban medio rotas y malamente se podía acceder a él. A pesar de que sí tenía el aspecto de un palacio y puede que en otro tiempo luciera en todo su esplendor, en aquel momento era una ruina. Desde luego vivir allí, en mi opinión, resultaba totalmente desolador y mucho más para una persona sola, pero a Víctor se le veía muy feliz en su enorme y deprimente morada.

Después de un breve recorrido por todas las dependencias del primer piso, pues al segundo, debido al mal estado de las escaleras, no accedimos, nos llevó a un saloncito donde tenía montado una especie de despacho. Había estudiado farmacia y de joven había trabajado como farmacéutico. Ya jubilado, se había dedicado a investigar las alternativas a los medicamentos convencionales, tales como medicina natural y homeopatía y en esa especie de despacho es donde tenía su “parafarmacia”.

Llevábamos allí un buen rato conversando, bueno a decir verdad los que conversaban eran mi marido y Víctor, pues yo me limitaba a escuchar sin demasiado interés y mis hijos a curiosear por la estancia cuando, tal como ya venían anunciando las nubes, se desató una fuerte tormenta, con gran aparato eléctrico y mucho viento. Como el saloncito donde estábamos reunidos, para no desentonar con el resto del palacio, tenía la ventana rota, empezó a entrar por ella una gran cantidad de agua que unido al fuerte viento llegaba hasta el centro de la habitación. Víctor intentó cubrir la ventana con un trozo de plástico que ya tenía preparado para tal fin, lo que consiguió con gran esfuerzo y a riesgo, para regocijo de mis hijos, de pegarse un talegazo, pues la ventana estaba bastante alta y él tuvo que subirse a una, al igual que toda la casa, destartalada escalera.

Por fin llegó la hora de cenar y digo por fin, porque la velada se me estaba haciendo interminable y deseaba cenar e irnos a dormir y que llegara pronto el día siguiente para marcharnos de allí. No sabía entonces que la noche iba a ser aún más interminable.

Nos llevó a una enorme cocina, vieja y desangelada, y la más sucia cocina que ni en mi peor pesadilla hubiera podido imaginar y donde yo, que para eso soy mujer, tenía que preparar la cena de todos. Preparar la cena es mucho decir. Me indicó un armario que, según él, estaba repleto de viandas. Efectivamente había muchas cosas. Latas de conservas, refrescos, legumbres, galletas, leche, aceite, azúcar, etc. etc., pero tenía todo tan mal aspecto, que me puse a buscar con mucha cautela por ver si había algo en buenas condiciones.

Las latas todas estaban oxidadas y abultadas, lo que las hacia inutilizables, a riesgo de acabar con botulismo. Las galletas las suponía revenidas pues todas las cajas estaban caducadas y lo mismo la leche, el aceite y otra serie de productos. Me dio vergüenza decirle que todo estaba en mal estado y le dije que normalmente cenábamos muy poco, que con unos huevos, si es que tenía, nos arreglaríamos. De todas formas el aspecto de aquella cocina era un antídoto para el apetito pero, sobre todo pensando en mis hijos, algo había que preparar.

Por suerte tenía huevos y además frescos pues, parece ser, que se los llevaban, todas las semanas, unos aldeanos del pueblo. Como para él cenar solo huevos no era suficiente, se preparó una coliflor, que la echó a cocer tal cual, sin lavarla y sin quitarle ni hojas ni troncho.

A partir de aquel momento empecé a creer firmemente en las bondades de la medicina natural porque si ese hombre preparándose las comidas con tanta falta de higiene y comiendo aquellos productos que tenía en el armario, aún seguía “vivito y coleando”, es que la medicina natural, que seguramente él utilizaba para sí mismo, hacía milagros.

Después de esa “esplendida” cena, decidimos irnos a dormir. Nos llevó a una habitación muy grande, con varios catres dispersos por ella, donde dormiríamos todos, cosa que agradecimos, pues preferíamos dormir todos juntos. Nos dio las buenas noches y se retiró a sus “aposentos”, no sin antes advertirnos que el perro no podía subir a las camas, tenía que dormir en el suelo. ¿Tendría miedo a que se las estropeara?

Aún no nos habíamos quitado los abrigos, incluso habíamos cenado con ellos, pues hacia un frío de mil demonios. Casi todas las habitaciones tenían chimenea, pero estaban apagadas, seguro que no funcionaba ninguna y no había ni un solo radiador en toda la casa, por lo que ésta estaba helada. Decidimos que, para combatir el frío, lo mejor sería unir las camas para dormir todos juntos, así como no quitarnos la ropa y meternos a la cama con ella puesta. Conformes con esta decisión, dejamos las camas preparadas y fuimos todos juntos, incluido el perro (nos sentíamos más seguros todos juntos), al cuarto de baño para lavarnos los dientes y hacer un pis antes de acostarnos

El cuarto de baño, como casi todas las dependencias, era muy amplio y, aunque ya habíamos estado en él al poco de llegar, no nos habíamos fijado que tenía en el suelo manchas rojas como de pintura.

Mis hijos, que les encantaban las películas de terror y eran muy imaginativos y truculentos, empezaron a decir que era sangre reseca, que habían visto en los cajones de la cocina unos cuchillos enormes y que Víctor podía ser un sicópata. Todo era broma, ellos lo sabían y yo también, pero el ambiente de la casa propiciaba a imaginar esas cosas y hasta llegar a creerlas. Total que empezó a entrarnos miedo, tanto así que mi marido tuvo que intervenir para zanjar la cuestión y devolvernos la cordura algo que, aunque disimulamos, no consiguió del todo.

Volvimos al dormitorio y tal como habíamos decidido, sin quitarnos la ropa, salvo el abrigo y los zapatos, nos metimos todos juntos en las camas. Mi marido y yo en los extremos, los niños en medio y al perro, que por supuesto no íbamos a dejar que durmiera en el frío suelo de piedra, lo pusimos sobre la cama y a los pies.

Apagamos la luz y nos dispusimos a intentar dormir. La noche prometía ser muy larga. El frío, el hambre, el miedo y la inquietud nos tenían desvelados. A pesar de estar todos bien juntitos y de la ropa que llevábamos, temblábamos de frío ¿O tal vez no era solo frío? Mi marido y el perro fueron los primeros en dormirse y por los ronquidos de ambos, debían de estar haciéndolo “a pierna suelta”. Mis hijos no paraban de moverse, estaban nerviosos y tardaron un buen rato en dormirse, pero por fin les venció el cansancio y se durmieron. La única que estaba despierta era yo y eso me inquietaba aún más, pues me sentía sola ante el peligro. Sola y “amenizada” con los ronquidos de mi marido y el perro, así como el castañeteo de mis dientes, que no se si debido al frío o al miedo, parecían unas castañuelas viejas.

Había además algo que me preocupaba mucho y que, como parecía que los demás no se habían percatado de ello, me lo había callado, para no asustarles aún más. Esto era que en la pared, detrás de uno de los catres, había un agujero bastante considerable, que dejaba al descubierto un doble tabique y que supuse sería la cámara de aire.

 En las casas muy viejas suele haber ratas entre los tabiques, que incluso se las puede oír correr por las noches y a mi me producía terror que también en esta, al ser tan vieja, las hubiera y por ese agujero se pudieran colar a nuestra habitación.
Esa preocupación, aparte de todo lo demás, creo que fue lo que me mantuvo en vela toda la noche. Estaba pendiente de todos los ruidos y como en las casas, sobre todo si son viejas, por las noches suelen crujir las maderas y se oyen toda clase de ruidos, yo estaba aterrada pues todo lo que oía me parecía que eran las ratas y que de un momento a otro entrarían en el dormitorio y las vería corriendo por encima de las camas.

Creo que esa noche fue la peor y la más larga de toda mi vida, se me hizo eterna. Me acordaba de mi casa y de lo bien que podría estar en mi cama y me daban ganas de llorar. Maldecía la hora en que se nos había ocurrido ir a ver el dichoso palacio. Creí que nunca iba a amanecer pero, como es lógico, amaneció y en cuanto vi la luz del nuevo día me levanté y desperté a todos. Como ya estábamos vestidos ni nos aseamos, ya lo haríamos al llegar a nuestra casa.

Víctor muy amablemente nos ofreció desayunar, pero nosotros más amablemente aún rechazamos su ofrecimiento. Estábamos deseando salir de allí.

De camino paramos en una cafetería y un simple café con leche y un bollo, nos supo como el mejor manjar. Mientras desayunábamos, nos pusimos a comentar las peripecias de nuestra estancia en el palacio y con el sol de aquel radiante día y lejos ya de Víctor y de su tétrica morada, las cosas no nos parecían tan inquietantes y hasta nos reímos de nuestros miedos.

Nunca, al regreso de unas vacaciones, habíamos entrado en nuestra casa con la alegría que lo hicimos ese día, cuando llegamos por fin a ella. Era una casa como tantas, pero a todos nos pareció maravillosa. Un verdadero palacio.









10 oct 2010

EL PERRITO



Aquel sábado yo estaba exultante y eufórica. Llevaba mucho tiempo pidiendo a mis padres que me llevaran a un internado y por fin lo había conseguido. El próximo curso iría a un internado para niñas.
Era muy aficionada a la lectura y últimamente me había dado por leer libros con historias de internados que unido a mis ansias de aventura y gran imaginación, habían hecho que viera éstos como algo excitante y muy divertido y de ahí mi gran interés en ir a uno de ellos.

Mis padres, antes de comunicármelo, habían ido a conocer un colegio regido por monjas, que tenía tanto alumnas internas como externas y que estaba situado en un pueblecito de montaña, a unos 30 km. de mi ciudad. Les habían dado muy buenas referencias de él y después de una extensa conversación con la Madre Superiora del centro y un recorrido por el mismo, para conocer sus instalaciones, quedaron muy satisfechos y decidieron que ese era el colegio ideal por lo que, sin pensarlo más, me matricularon para el próximo curso.

Faltaban aún dos meses para empezar el curso y yo estaba en pleno apogeo de mis vacaciones, pero la noticia del internado me había excitado tanto que ya no pensaba en otra cosa. Mis padres me habían traído unos folletos del colegio, con las normas del mismo y fotografías de sus instalaciones, que a mi me encantaron, así como una lista de la ropa y utensilios que debía de llevar. Un juego de cubiertos con mis iniciales, una manta, varios juegos de sábanas y toallas, ropa interior, camisones, una bata y zapatillas, todo ello marcado con mi nombre.

Además de eso, había que preparar el uniforme que consistía en una falda escocesa en tonos oscuros azules y verdes, plisada y de tirantes, con una blusa blanca y corbata azul oscuro, zapatos y calcetines negros , un chaleco azul marino, para la primavera y un abrigo igualmente azul marino, para el invierno. El modelito se completaba con un sombrerito, bastante cursi, del mismo color. También necesitaba un equipo de gimnasia, que me suministrarían en el mismo colegio al inicio del curso.
Pasé el resto del verano ayudando a mi madre en los preparativos y esperando con ansia (cosa insólita) que acabaran las vacaciones para estrenar mi nuevo colegio.

Llegó el tan deseado día, un taxi nos llevó hasta la estación del tren, nos subimos a él y nos acomodamos en los asientos. Después de un tiempo, que a mí se me hizo eterno, llegamos a un apeadero, donde debíamos bajarnos y allí tomar otro taxi que nos llevaría, atravesando el pueblo, hasta el colegio. El colegio estaba situado en lo alto de una colina, a la que se accedía por una carretera empinada y bien asfaltada, pero muy estrecha, en la que difícilmente podían cruzarse dos vehículos. Yo, a través de la ventanilla del taxi, iba observándolo todo y lo que veía me gustaba mucho. El pueblo se parecía al de mis abuelos, donde yo solía pasar las vacaciones y eso era ya suficiente motivo para que éste me causara una buena impresión.

El taxi nos dejó justo en la entrada del colegio, bueno más bien en la puerta de la reja que rodeaba los jardines del colegio. Al fondo se veía una mansión de aspecto impresionante que, como nos dijeron más tarde, tiempo atrás había sido la residencia del “cacique” del pueblo, o sea del dueño de vidas y haciendas del pueblo y que posiblemente ya de viejo y con la muerte pisándole los talones quiso, por miedo al fuego eterno, congratularse con Dios, donando la mansión a una congregación religiosa.

La vista desde lo alto de la colina era maravillosa, se divisaba todo el valle y, justo en medio, el pueblecito cubierto por una suave neblina, que le confería un aire romántico y misterioso, una neblina que se iba desvaneciendo lentamente eclipsada por un sol que, en aquella mañana de otoño, lucía ya en todo su esplendor.

Vamos Elenita, que la madre superiora nos espera, me grito mi madre viendo que yo me había quedado hipnotizada contemplando el paisaje. Vas a tener mucho tiempo para disfrutar de esta maravilla, pero ahora entremos al colegio, que es de mala educación hacerse esperar y tomándome de la mano me llevo hacia el colegio. Desde niña he sido muy entusiasta de la naturaleza y la vista de aquel paisaje me había dejado como clavada en el suelo.

Entramos por fin al colegio y nos condujeron al despacho de la Madre Superiora que, después de saludarnos, nos dejó en manos de otra religiosa la cual se encargó de llevarnos al dormitorio y de asignarme la cama y el armario donde, bajo llave y controlado por ella, guardaría mi ropa. Después de un recorrido por el colegio para conocerlo y que a mi me decepcionó un poco, pues no era tan magnífico como se veía en los folletos y por supuesto mucho menos impresionante de lo que parecía por fuera, nos llevó al salón de actos, donde habían reunido a todas las internas con sus familiares para darnos una pequeña fiesta de bienvenida. Al cabo de un cierto tiempo, las monjas dieron por terminada la fiesta y entre besos, abrazos y algunos lloros, nos despedimos de nuestros padres y nos quedamos solas ante el peligro. Yo estaba un poco tristona a la vez que un poco cohibida, mirando a unas niñas que debían de conocerse de otros años porque hablaban muy animádamente. De pronto me fijé que había dos niñas en las mismas condiciones que yo y tímidamente me acerqué a ellas. Nos miramos sin decir nada y un poco recelosas empezamos a hablar. No sabíamos entonces, que las tres íbamos a ser inseparables.

Para no extenderme demasiado, voy a pasar por alto los primeros días, porque no ocurrió nada digno de mención. Fueron unos días de adaptación a mi nueva vida y al conocimiento más a fondo de Maribel y Rosana, que así se llamaban mis dos nuevas amigas.
Maribel, Rosana y yo, nos hicimos también muy amigas de una niña externa, una niña andaluza llamada Bety, que vivía en la casa cuartel del pueblo desde hacía 5 años, fecha en que habían trasladado a su padre, comandante de la Guardia Civil, a dicho pueblo. Con esa niña solíamos intercambiar tebeos que ella nos daba a cambio de algunas de las golosinas que nos traían nuestros padres cuando nos visitaban, que normalmente era cada quince días y siempre en fines de semana.

Un día al salir al recreo Bety, que por ser externa estaba en otra clase distinta a la nuestra, se nos acercó muy excitada y nos dijo…. Tengo una perrita que hace un mes tuvo cachorritos y mi padre quiere regalarlos y me da mucha pena. Yo que siempre he tenido pasión por los perros le dije….uno para mí…me miró asombrada y me dijo….no puedes tener un perrito en el colegio. Yo no quería renunciar a él y le dije….ya me las apañaré para que no lo vean y luego, cuando lleguen las vacaciones de navidad, me lo llevo a mi casa. A Maribel y a Rosana les pareció emocionante la idea y se ofrecieron a ayudarme para tener el perrito sin que las monjas se enteraran. Prepara una caja con unos agujeros y varios periódicos le dije, metes al perrito y el sábado, que no tenemos clase, nos lo traes.

El resto de la semana estuvimos nerviosas esperando la llegada del perrito y tal como habíamos quedado, el sábado por la tarde se presentó Bety con la caja, que al ser un día sin clase pudimos llevar hasta el dormitorio sin problema. Además de la caja con el perrito Bety, muy previsora ella, nos trajo una bolsa con periódicos que servirían para retener el pipi del cachorrito.

Estábamos ansiosas por ver al perrito y poniendo la caja sobre mi cama quitamos la tapa y nos quedamos las tres (Bety no podía entrar al dormitorio) contemplando al perrito. Era un simple chucho sin raza, de color canela y de padre desconocido, pero que nos pareció precioso y que nos miraba con la misma curiosidad que nosotras a él. Después de un rato de contemplarlo, tomarlo en brazos, acariciarlo y darle unos besos lo volvimos a dejar en la caja y nos pusimos a pensar como haríamos para cuidarlo sin que las monjas se enteraran. Decidimos que sería por turnos y mientras una se encargaría de atenderlo, las otras dos vigilarían y estarían atentas para cubrir a la cuidadora. Como en teoría yo era la dueña oficial, empezamos por mí y la idea fue que, mientras estuviéramos en clase, sujetaríamos la tapa con una cuerda y esconderíamos la caja debajo de mi cama.

El dormitorio era una sala grande y rectangular, con treinta compartimientos separados por cortinas, que cada uno tenía una cama con su mesilla. El dormitorio estaba comunicado con otra sala, que tenía otros tantos lavabos y unas diez duchas, así como los armarios que a cada una nos habían asignado. Nosotras mismas éramos las encargadas de hacer nuestra cama y de limpiar los compartimientos, cosa que nos beneficiaba a la hora de esconder al perrito.

Nos levantábamos a las 7 de la mañana, a las 7,30 era la misa en la capilla del colegio y de 8 a 9 teníamos que desayunar y arreglar nuestro compartimiento ya que a las 9 empezaban las clases. Bueno pues nuestro plan era que una semana cada una cuidara del perrito y lo escondiera debajo de su cama y las tres nos encargaríamos de guardar algo de leche y algunas galletas del desayuno, para alimentarle. Conseguimos un bote para la leche y una bolsita para las galletas y por las mañanas, mientras dos limpiaban, además de su compartimiento, el de la encargada del perrito, ésta le preparaba una papilla con la leche y las galletas y cuidaba de que la comiera, así como de cambiarle los periódicos sucios por otros limpios.

Estuvimos así varios días, alimentando al perrito con tres papillas diarias de galletas, una en la mañana, antes de ir a clase y las otras dos en horas de recreo. No era una forma muy correcta de alimentarle, pero el perrito engordaba y estaba cada día más espabilado y contento. Todos los días esperábamos a quedarnos solas y le sacábamos un poquito de la caja, para que corriera por el dormitorio. Ya se había acostumbrado a esa rutina y se portaba muy bien. Algunas veces nos daba un susto, pegando unos pequeños ladridos en algún momento inoportuno, que nosotras tratábamos de ocultar a base de carraspeos y ataques de tos.

Una mañana nos levantamos, nos aseamos y nos dispusimos, como siempre, a ir a misa. Observamos que el perrito estaba un poco inquieto, cosa que nos extrañó, pues era muy tranquilo. Le sacamos de la caja, le acariciamos, le hablamos con mimo y cuando le vimos ya calmado le volvimos a la caja y la cerramos atándola con una cuerda, como veníamos haciéndolo.

Llevábamos ya un rato oyendo la misa, cuando notamos un poco de alboroto que venía de la parte de atrás (nosotras nos poníamos siempre en las primeras filas). Nos giramos para ver que pasaba y las tres nos quedamos pálidas. Debíamos de haber cerrado mal la caja y el perro se había escapado y quizá por las voces de los rezos o porque nos estaba buscando, se había metido en las iglesia, algo que le resultó muy fácil pues, durante la misa y el rosario, la puerta siempre estaba abierta, sólo cubierta por una gruesa cortina de terciopelo. Corría de un lado para otro dando pequeños ladridos, que supusimos eran de alegría por verse libre y con tanto espacio para correr. Estábamos petrificadas, aquello no podía ser verdad, aquello no podía estar ocurriendo.

El perrito corriendo y ladrando por toda la capilla como un loco, dos monjas tratando de cogerle, las niñas riendo y metiendo bulla y el cura siguiendo la misa y los rezos como si no pasara nada. Hubo un momento en que yo pensé que me iba a desmayar, fue cuando el perrito subió hasta el altar y pasando por detrás del cura, volvió a bajar corriendo, no sin antes tirar un jarrón con flores, que rodó hasta el pasillo de la iglesia. De pronto el perro nos vio y aquello fue nuestra perdición, porque vino hacia nosotras saltando y ladrando y por la actitud que tenía, las monjas se dieron cuenta que el perrito nos conocía.

Nos sacaron a las tres de la iglesia y junto con el perrito nos llevaron al despacho de la Madre Superiora. Suponían, por lógica, que el perrito nos lo había tenido que dar una niña externa y nos obligaron a decir quien era. Cuando llegó Bety la llevaron también al despacho y al vernos allí a las tres con el perrito, al contrario que nosotras que estábamos pálidas, se puso colorada como un tomate, lo que unido a su nerviosismo confirmo que era nuestra cómplice.

Las monjas (cosa extraña) se apiadaron de nosotras cuando, al decirnos que nos quitaban el perro, nos pusimos a llorar con gran desconsuelo y decidieron que Bety se hiciera cargo de él y lo trajera los domingos al colegio para que lo viéramos y cuando nos dieran las vacaciones, me lo llevaría yo a mi casa. Eso nos dejó más tranquilas y desde aquel día todos los domingos venía un ratito Bety con el perrito, que se había encariñado mucho con nosotras y jugábamos y corríamos con él por el jardín. Mis padres accedieron a que me quedara yo con él y fue mi primer perrito, al que le puse por nombre Eguzki, que quiere decir sol.

A pesar de ello, no nos libramos del castigo. A Bety la obligaron a ir durante un mes a la misa del colegio y a nosotras nos tocó limpiar todo el dormitorio y hacer las camas de todas las niñas, también durante un mes, y todo antes de ir a las clases, lo que no nos dejaba casi tiempo para desayunar. De todas formas valió la pena pues mi perrito, que resultó ser una perrita, era realmente un sol.






13 jul 2010

ENCUENTRO INESPERADO


Era una mañana de viento, fría y lluviosa, ¿ digo lluviosa? aquello parecía mas bien el diluvio de la biblia que volvía de nuevo.

Al igual que todos los días, regresaba del mercado, llevando en una mano el paraguas y en la otra el carro de la compra, que a pesar de tener ruedas, como iba repleto , lo arrastraba con esfuerzo.

Aunque iba bien pertrechada, la ventisca era tan fuerte, que el paraguas zarandeaba y yo caminaba helada y hasta los huesos calada. De pronto, en una esquina de la calle, me topo con una rata toda remojada, que buscaba resguardarse de la lluvia, tratando de entrar, sin conseguirlo, por un minúsculo agujero que había en la pared de un local abandonado. Al verla pegué un respingo, pero no sé por qué razón, ni con qué intención, me pare a contemplarla. Ella se percató de mi presencia y se quedó quieta mirándome. Estuvimos unos instantes así mirándonos las dos y una extraña sensación me vino de repente.

Al verla allí parada, toda remojada y mirándome con sus ojitos, que yo interpreté de miedo, me pareció tan indefensa y asustada que sentí ternura por ella, como si fuera un gatito que reclamara mi ayuda. Sentimientos enfrentados se agitaban dentro de mi. Mi mente la repudiaba, era una alimaña repugnante y peligrosa, pero mi corazón me decía que era un animal indefenso y asustado tratando de escapar del aguacero y a mi me inspiraba ternura, ¡que barbaridad! Una repugnante rata me había hecho estremecer, pero no de miedo, que hubiera sido lo natural, sino de pena. ¡Qué locura!

La razón se impuso al corazón y por fin me fui de allí pero mientras me alejaba, seguía mirando a la rata, que tampoco dejaba de observarme, hasta que la perdí de vista.

Cuando llegue a casa, me puse a contar la odisea a mi familia y al llegar al punto de la ternura fue tal la expresión que vi en sus caras, que sentí un escalofrío por la espalda y me callé de golpe. Me miraban como quien mira a un loco, seguro que pensaron que había perdido un tornillo o tenía una tuerca del revés. Sin más comentario, di media vuelta y me dediqué a guardar la compra. No volví a mentar para nada a la “pobre rata asustada y remojada”, mejor que olvidaran el incidente, no fuera ser que me pusieran la camisa de fuerza.




21 abr 2010

LA MATANZA


Era aún muy temprano y yo ya me había despertado. Aunque no tenía que ir al colegio, pues eran las vacaciones de Navidad, la costumbre había hecho que me despertara pronto. No tenía sueño, pero me encontraba muy a gusto en la cama y me resistía a salir de ella.

Hacía frío, durante la noche había nevado y la escarcha cubría parcialmente los cristales de la ventana. La casa de mis abuelos, donde yo solía ir a pasar las vacaciones, tanto las de verano como las de invierno, era una casa de pueblo, una casa grande de tres pisos, dos de vivienda y el tercero un camarote donde guardaban la paja, alimento para el ganado en el invierno y que además estaba lleno de trastos y artilugios que a mi me fascinaban y me gustaba ir a curiosear. En los bajos había un establo que, a esas horas de la mañana, era la zona mas caliente de toda la casa. Una cocina económica, o sea de leña y carbón, además de algún que otro brasero distribuido por la casa, era lo que poco a poco la caldeaba.

Estaba acurrucada en la cama viendo, a través de los cristales cubiertos de escarcha, los montes nevados y dejando correr la imaginación con sueños y fantasías propias de una niña de 8 años, cuando unos estridentes chillidos me sobresaltaron. Metí la cabeza entre las mantas a la vez que con mis manos me tapaba los oídos. Sabía lo que eran aquellos gritos pero no podía soportarlos, me angustiaban y me daban escalofríos.

Era la época de la matanza y como todos los años por esas fechas, mis abuelos, como la mayoría de los aldeanos, mataban un cerdo. Solían hacerlo en el portalón de la entrada y aunque los dormitorios estaban en el primer piso, los gritos del cerdo eran tan fuertes que se oían desde cualquier rincón de la casa.No sabía, ni lo sé ahora, el por qué de matar al cerdo de una forma tan cruel. Por supuesto que no es por sadismo, debe de tener sus razones, pero yo, a pesar de que año tras año vivía el mismo ritual, no me acostumbraba y siempre me producía una terrible sensación de angustia, a la vez que una gran pena por el pobre gorrino, aunque luego me encantaba comer el jamón y los chorizos.

Estuve un buen rato metida bajo las mantas, hasta que por fin me di cuenta que el cerdo había pasado a mejor vida, entonces perezosamente me levanté de la cama y mas perezosamente aún fui a asearme, bueno mas bien a lavarme como los gatos, como diría mi abuela, pues con el frío que hacía cualquiera se ponía bajo el grifo. La casa no tenía agua caliente, cuando se necesitaba se sacaba de un deposito que la cocina económica llevaba incorporado, pero claro, la cocina estaba en el piso de abajo y llegar hasta ella, con aquel frío y en ropa de cama, era toda un heroicidad, así que lo más practico era asearse con el agua de una jarra que por la noche se subía a la habitación y aunque no estaba tan fría como la que salía por el grifo, para una cría de 8 años era casi una tortura.

Después de asearme, sin apenas tocar el agua, bajé a desayunar mi tradicional desayuno, un tazón de leche de las vacas del establo, con pan desmigado, que a mi me sabía a gloria y que hoy día, a pesar de haber rebasado el medio siglo, sigo tomando con deleite, aunque la leche ahora no sea la misma.

Cuando terminé mi desayuno salí al portalón, para ver el trajín de la matanza que me gustaba mucho contemplar, pues después de superado el sofocón por los chillidos del animal, toda la parafernalia que seguía me entusiasmaba. En los pueblos, la matanza del cerdo es casi como una fiesta que incluso, al final, se remata con una gran comilona compuesta de una buena alubiada con todos los sacramentos, como llaman aquí a los productos del cerdo que se echan al cocido de alubias, que son chorizo, morcilla, costilla y tocino.

En el portalón, sobre helechos secos, estaban chamuscando al cerdo para quemar todos los pelos de la piel. Como hacía frío, era muy agradable estar allí y me quedé contemplando como después de chamuscarlo y rasparlo para quitarle lo quemado, lo colgaban de un gancho que había en el techo, colocado para ese fin. De esta guisa lo abrían en canal y lo vaciaban y así colgado lo dejaban hasta el día siguiente para que se oreara y a la espera de ser analizado por el veterinario y que éste diera el visto bueno para su consumo. Entonces lo descuartizaban y era cuando comenzaba el verdadero trabajo de la matanza, que consistía, después de descuartizarlo, en confeccionar las morcillas y los chorizos, preparar los jamones para su curación, así como el lomo, el tocino y demás partes del cerdo, que todo ello serviría para tener una buena despensa durante el invierno y que no faltaran alimentos, sobre todo si se quedaban, como pasaba a veces, bloqueados por la nieve.Yo no perdía detalle, una vez muerto el animal y sabiendo que ya no sufría, no me impresionaba ver todo aquello y me sentía muy a gusto en aquel ambiente caldeado y con olor a humo.

Al cabo de un rato, ya me empecé a aburrir y pensando que lo del día siguiente sería mas emocionante, me abrigué bien y salí a corretear, junto con otras niñas, por el pueblo, que cubierto de un reluciente manto blanco parecía una postal de navidad y resultaba muy divertido librar batallas de bolas de nieve, así como ir en busca de carámbanos, o chupetes de hielo, como los llamábamos y que chupábamos con gran fruición como si de golosinas se tratara.

Pasé toda la mañana correteando y tirándome sobre la espesa y blanca capa que parecía un lecho de algodón, saltando sobre los charcos de hielo, chupando carámbanos y haciendo muñecos de nieve. Me sentía feliz, y ya me había olvidado totalmente de aquel pobre que colgaba de un gancho, a la espera de ser descuartizado.




17 ene 2010

AMOR POR SIEMPRE


Han pasado tantos años amor…. Sin embargo parece que fuera ayer cuando me dijiste por primera vez que me amabas. Recuerdo el temblor de tu voz, tu respiración agitada y mi corazón latiendo acelerado cuando me diste el primer beso. No me atrevía a mirarte, era mi primer beso y fue tan dulce, tan hermoso, que de mis ojos brotaron lágrimas.
Nos juramos amor eterno y después de tantos años, aún nos seguimos amando. No es el amor fogoso de nuestra juventud, ahora es un amor tierno y reposado, un amor dulce y sereno, pero un amor más fuerte, más sólido, porque lo hemos ido alimentando con ilusiones, proyectos y también con algunos sufrimientos.

Nuestro amor ha ido creciendo día a día, hemos ido aprendiendo a amarnos con una entrega total, poco a poco, como un niño que comienza a caminar. A veces con alguna caída, pero con la ilusión de mantenernos firmes y seguir hacia adelante y la alegría de haberlo conseguido.

Se agitan los recuerdos en mi mente y cierro por un instante los ojos para poder revivirlos con más intensidad y ¿sabes amor? vuelven de nuevo aquellas mariposas que revoloteaban en mi pecho cuando de jóvenes nos abrazábamos a escondidas  y siento que por mis venas corre sangre renovada y te miro, y veo que me observas con tu sonrisa de niño travieso, que aún conservas, tratando de adivinar mis pensamientos. Dejo por un momento de escribir y respondo a tu mirada con otra sonrisa. No nos decimos nada, nos miramos en silencio y no hacen falta palabras, los ojos hablan por nosotros. Tus ojos…..esos bellos ojos que me dicen tantas cosas…..En ellos he visto encendidas primaveras cuando me pierdo en tus brazos, en ellos he visto ráfagas de dolor, cuando la vida nos ha golpeado con fuerza, un dolor que tú tratabas de ocultar para que yo no sufriera, en ellos he visto la ternura que mana de tu corazón cuando miras a nuestros hijos, esos hijos que son el broche de oro de nuestro amor.

Nunca antes te lo dije amor, pero hoy quiero decirte que me has hecho muy feliz, que llegaste a mi vida en ese momento en que yo necesitaba de tu amor, que tu cariño abrió mi alma a la esperanza, que eres mi realidad y mis sueños, mi presente y mi futuro, que deseo envejecer a tu lado y llegar juntos al final del recorrido, con serenidad, sin temores, y con la esperanza de volvernos a encontrar en la otra vida.

Quisiera decirte tantas cosas… quisiera decirte todo lo que has significado en mi vida, pero son tan pobres las palabras cuando se quiere expresar lo que se lleva en el corazón……Has sido mi fuerza en los momentos difíciles, mi luz cuando caminaba a oscuras, mi apoyo cuando me sentía desfallecer. Sin ti hoy no sabría vivir no sería nadie, eres todo para mi y se que algunos dirían que he perdido mi identidad, pero no la he perdido, te la he entregado a ti junto con mi cuerpo y mi alma, porque cuando dijimos ante Dios “si quiero” dejamos de ser “tu y yo” para convertirnos en “nosotros” y yo soy ya parte de ti como tú lo eres ya de mi y así seguirá siendo hasta que la muerte nos separe.

Amor por y para siempre